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Se trata del P. Maynor Manuel, que regresa en unos días a Sololá tras haber obtenido en Roma la licenciatura en Teología Fundamental. Hemos compartido noticias, recuerdos, un buen paseo por los preciosos viñedos de Villamediana y una deliciosa cena, acompañados de Luis Antonio. Mañana parte ya para su viaje, pero visitaremos en la mañana lo más significativo de la ciudad de Logroño. Gracias, Maynor por la visita, felicitaciones por culminar tus estudios y felicísimo regreso.



Hoy he celebrado la misa de 11:00 y la de las 13:00 en una localidad de mi diócesis. Me gusta mucho en esta iglesia que el presbiterio está muy elevado. Los altares altos dan mucha solemnidad a la celebración, se resalta mucho el carácter sacrificial.

No pienso que todas las misas tengan que resaltar ese aspecto en todas partes. Me gustan mucho también las misas en lugares sencillos que dan la impresión de que es un grupo de cristianos en torno a San Pablo, todo impregnado de sencillez. Me gustan las dos formas.


Pero en los últimos años se ha perseguido la estética sacrificial. Todo tenía que ser sólo de un modo. Por eso me alegra encontrar lugares que decididamente rompen con esa línea única.


Pero si en mi mano estuviera, yo jamás eliminaría uno de esos dos modos de celebrar la misa. A veces me gusta sentirme como San Pablo celebrando rodeado de hermanos que me recuerdan a los primeros cristianos. Y otras veces me gusta sentirme como el Padre Pío ante la Cruz.


En un modo de misa, es mejor que el altar esté bajo. En el otro, es preferible un altar alto, como si uno estuviera en el Calvario. Última Cena y Sacrificio, no tengo que elegir uno sólo de ellos. Indica toda una mentalidad querer que uno de los dos modos desaparezca. No todo el monte es orégano. No sólo de pontificales vive la Iglesia. Pero, por otro lado, que murga nos dan los luteros y los calvinos con su iconoclastia litúrgica.


En los comienzos de la era cristiana vivían en Galilea gentes de dos culturas distintas. Una parte importante de la población estaba constituida por personas de formación helénica, que ha­blaban griego, vivían sobre todo del comercio y la in­dustria, y vivían en las grandes ciudades como Tolemaida ‑con un puerto impor­tante en el Mar Mediterráneo‑, Séforis ‑en el interior‑ o Tiberiades ‑a orillas del Mar de Galilea‑. En cambio, la población rural era predominantemente judía, ha­blaba arameo, y vivía en casas de campo, aldeas o pequeñas poblaciones. Algunos de sus nombres resultan muy familiares para los lectores de los Evangelios: Nazaret, Caná, Cafarnaum, Corazim, Betsaida, ...



No parece que hubiera un trato frecuente entre las gentes judías y helenísti­cas de Galilea a pesar de vivir muy próximos unos a los otros. Posiblemente sólo el imprescindible para satisfa­cer las necesidades básicas. Los campesinos judíos acudirían al mercado de las ciudades para vender sus productos y para com­prar algunas herramientas necesarias para su trabajo. Por eso no resulta nada extraño que supieran hablar un poco de griego, lo mismo que la población gentil sería ca­paz de entender algo el arameo.



Esta separación entre las poblaciones que nos muestra ac­tualmente la arqueología también puede apreciarse ‑aunque muy delicadamente‑ en los relatos evangélicos. Sabemos que Jesús estuvo viviendo en Nazaret, que asistió a una boda en Caná, que también vivió en la ciudad de Cafarnaum, que hizo milagros en Corazim, que paseó por el puerto de Betsaida. Sin embargo no te­nemos cons­tancia cierta de que estuviera en ninguna ciudad de población greco-parlante. Llama la atención que no se nombre en ningún Evangelio la ciudad de Séforis, que está a casi la misma distancia de Nazaret que Caná, cuando era una población grande y populosa. Otro tanto sucede con la ciudad de Tiberiades, que fue fun­dada hacia el año 20 en las orillas del Lago de Genesaret, a unos treinta kilóme­tros de Nazaret. Es casi seguro que la funda­ción y construcción de esta ciudad fuera objeto de comentarios por parte los vecinos de Nazaret ‑entre los cuales es­taba Jesús, que tendría unos veinticinco años­‑. Sin embargo nunca se dice en el Evangelio que Jesús la visitara. E incluso cuando parece que Jesús va a algunas de las ciudades o zonas de población no judía nunca tenemos la certeza de que en­trara en las ciudades, ya que en todos los casos el texto sagrado introduce alguna fórmula genérica que parece designar más bien la zona o los alrededores que la población misma. Así, por ejemplo, se dice que Jesús va a los “términos” de Gadara (Mc 5,1-18), a la “región” de Tiro y Sidón (Mc 7,24-31) o a los “alrededores” de Cesarea de Filipo (Mc 8,27).



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La primera lectura de hoy (domingo 22 del tiempo ordinario, ciclo c) invita a proceder con humildad en la vida. De lo mismo habla Jesús, que denuncia nuestros deseos de ser tenidos en cuenta y respetados, de buscar primeros puestos y otras vanidades. Todo lo contrario que el Hijo del Hombre, que "se despojó de su rango, pasando por uno de tantos" y que "no vino a ser servido, sino a servir".



La humildad no consiste en autodespreciarse diciendo: "no valgo nada, soy una basura" o cosas similares. Santa Teresa de Jesús decía que "la humildad es andar en verdad" (6M 10,7). Ni más, ni menos: reconocer sencillamente las propias capacidades como recibidas de Dios y también aceptar con sencillez las propias limitaciones sin amargarse por ello.



Nadie ha explicado esta intuición de santa Teresa como san Juan de la Cruz que, hablando con Cristo, le dice:
No quieras despreciarme,

que si color moreno en mí hallaste

ya bien puedes mirarme

después que me miraste,

que gracia y hermosura en mí dejaste.





En la antigüedad ser moreno era sinónimo de ser pobre (trabajar al aire abierto, que quemaba la piel). Así lo encontramos en el Cantar de los Cantares, en el que la esposa se lamenta de que ha tenido que cuidar los rebaños de sus hermanos y no ha podido cuidarse a sí misma, por lo que es morena, aunque conserva rastros de su hermosura marchitada.



San Juan dice que todos somos morenos ante Dios: pobres, sin méritos, necesitados de su misericordia. Pero es su mirada de amor la que nos embellece y nos dignifica.



Esto es la humildad: reconocer que nuestras obras no valen nada ante Dios, pero también que hemos recibido gracia y hermosura de su mirada amorosa... El Señor nos conceda la verdadera humildad. Amén.

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