Misa de Nochebuena 2019

Lecturas para la Misa de la Nochebuena, o misa de gallo

PRIMERA LECTURA
Un hijo nos ha nacido
Lectura del libro del profeta Isaías 9, 1-3.5-6
El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que vivían en tierra de sombras una luz les ha brillado. Has multiplicado su júbilo, has aumentado su alegría; se alegran en tu presencia con la alegría de la cosecha, como se regocijan los que se reparten un botín.
Porque, como hiciste el día de Madián, quebrantaste el yugo que pesaba sobre ellos, la vara que castigaba sus espaldas, el látigo del opresor que los hería. Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: sobre sus hombros descansa el poder, y su nombre es: «Consejero prudente, Dios poderoso, Padre eterno, Príncipe de la paz».
Acrecentará su soberanía y la paz no tendrá límites; establecerá y afianzará el trono y el reino de David sobre la justicia y el derecho, desde ahora y para siempre.
El amor ardiente del Señor todopoderoso lo realizará.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

SALMO RESPONSORIAL
Sal 95, 1-2a.2b-3.11-12.13
Hoy nos ha nacido el Salvador.
Canten al Señor un canto nuevo, que toda la tierra cante al Señor. Canten al Señor, bendigan su nombre.
Hoy nos ha nacido el Salvador.
Celebren día tras día su victoria. Propaguen su grandeza entre las naciones, sus maravillas entre todos los pueblos.
Hoy nos ha nacido el Salvador.
Que se alegren los cielos y se regocije la tierra, que resuene el mar y cuanto lo llena; que exulten los campos con todos sus frutos, que aclamen los árboles del bosque.
Hoy nos ha nacido el Salvador.
Ante el Señor que viene a gobernar la tierra: gobernará con justicia al mundo, a las naciones con fidelidad.
Hoy nos ha nacido el Salvador.
SEGUNDA LECTURA
La gracia de Dios se ha manifestado a todos los hombres
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a Tito 2, 11-14
Querido hermano: La gracia de Dios se ha manifestado para salvar a todos los hombres, enseñándonos a renunciar a la irreligiosidad y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, en espera de la gloriosa venida del gran Dios y Salvador, Cristo Jesús, nuestra esperanza.
El se entregó por nosotros para redimirnos de todo pecado y purificarnos, a fin de convertirnos en pueblo suyo, fervorosamente entregado a practicar el bien.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Aclamación antes del Evangelio
Aleluya, aleluya.
Les anuncio una gran alegría: Hoy nos ha nacido el Salvador, que es Cristo, el Señor.
Aleluya.
EVANGELIO
Hoy nos ha nacido el Salvador
† Lectura del santo Evangelio según san Lucas 2, 1-14
Gloria a ti, Señor.
Por aquellos días el emperador Augusto promulgó un decreto ordenando que hiciera el censo de los habitantes del imperio. Este censo fue el primero que se hizo durante el mandato de Quirino, gobernador de Siria. Todos iban a inscribirse a su ciudad de origen.
También José, por ser de la descendencia y familia de David, subió desde Galilea, desde la ciudad de Nazareth, a Judea, a la ciudad de David que se llama Belén, para inscribirse con María, su esposa, que estaba encinta. Mientras estaban en Belén le llegó a María el tiempo del parto, y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada.
Había en aquellos campos unos pastores que pasaban la noche en pleno campo cuidando sus rebaños por turnos. Un ángel del Señor se les presentó, y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Entonces sintieron mucho miedo, pero el ángel les dijo:
«No teman, pues les anuncio una gran alegría, que lo será para ustedes y para todo el pueblo: les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Esto les servirá de señal: encontrarán un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre».
Y de repente se reunieron con el ángel muchos otros ángeles del cielo, que alababan a Dios diciendo:
«¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres que gozan de su amor!»
Palabra del Señor.

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Homilía para la misa de la Noche, Nochebuena 2019

Este tríptico, que he elegido como saludo de Navidad, tiene como tema principal el Nacimiento de Jesús, que se representa en el anverso de la tabla central. En las laterales figuran, en el anverso, a la izquierda, el Nacimiento y la Asunción de la Virgen y, a la derecha, la Presentación en el Templo y la Adoración de los Magos. En el reverso están representados, a la izquierda, San Antonio de Padua y Santiago el Mayor y, a la derecha, Santo Domingo de Guzmán y San Juan Bautista. La primera noticia que se tiene sobre esta obra la sitúa en el monasterio de monjas franciscanas del Zarzoso (El Cabaco, Salamanca), fundado por Gómez de Benavides, señor de Frómista en 1444. Las características de su estilo confirman que fue un maestro de transición, formado en el Gótico internacional, como lo muestran sus dificultades para construir el espacio, e influido también por los modelos flamencos. Así lo sugieren los plegados de las telas que caen formando ángulos rectos y algunas escenas, particularmente el Nacimiento de Jesús, que recuerda en ciertos aspectos al Maestro de Flemalle y a la escuela de Tournai. Además, el mundo que reproduce no es el irreal del internacional, sino el mundo real de la pintura flamenca en el que todos los elementos representados que están sometidos a los efectos de la luz producen sombras, como él muestra con insistencia. En este tríptico el autor evidencia su estilo singular, su calidad y su gusto por los detalles, en algunos casos poco habituales en la representación de temas sacros –uno de sus rasgos más característicos–. Probablemente ninguno resulta más significativo, y excepcional por lo insólito, que la inclusión en primer plano del Nacimiento de Jesús de los zapatos de la Virgen, unos chapines típicamente castellanos con motivos islámicos, que cobran tanto o más protagonismo que el Niño, o la bolsa con los ajos colgados en la pared del fondo de la escena. Y resulta también excepcional el que aparezcan los chapines de santa Ana –en este caso sin motivos orientales–, a los pies de su cama en el Nacimiento de la Virgen, reflejando un gusto por los detalles que se repite al incluir el brasero o el puchero en el que cocina la joven del primer plano o la hornacina del fondo con un plato con cerezas. En cuanto a la iconografía, el Maestro del Zarzoso evidencia también detalles singulares o poco usuales, al menos en torno a 1450 en que se debió ejecutar esta obra. Aunque se podría considerar como poco usual la presencia del rey negro y del paje negro que le acompaña sosteniendo la ofrenda en la Adoración de los Magos, que se generalizará muchos años después, no lo es tanto como la inesperada incorporación de dos ángeles negros en el medio de los tríos de ángeles que sostienen a la Virgen en su asunción a los cielos, uno a cada lado.
Pensando en esos detalles, lejanos por el tiempo s. XV, del maestro ignoto del Zarzoso, pero cercanos por el arte, imágenes de la vida de la Virgen, desde su nacimiento hasta su Asunción, los detalles de los zapatos, incluso señalando la cultura árabe, de la madre de Dios y de su mamá, santa Ana, los personajes de color, incluso los ángeles negros. Los ajos, el puchero, las cerezas… Todo nos habla de encarnación, ¡un niño nos ha nacido! ¡Un hijo se nos dio! Hoy brilla la esperanza de nuestra salvación, misterio de salvación, que entra hasta el fondo de nuestra realidad.
Nuevamente nos llega al corazón esa palabra del evangelista, dicha casi de pasada, de que no había lugar para ellos en la posada. Surge inevitablemente la pregunta sobre qué pasaría si María y José llamaran a mi puerta. ¿Habría lugar para ellos? Y después nos percatamos de que esta noticia aparentemente casual de la falta de sitio en la posada, que lleva a la Sagrada Familia al establo, es profundizada en su esencia por el evangelista Juan cuando escribe: «Vino a su casa, y los suyos no la recibieron» (Jn 1,11). Así que la gran cuestión moral de lo que sucede entre nosotros a propósito de los pobres, y proyectándonos al mundo, los prófugos, los refugiados, los emigrantes, alcanza un sentido más fundamental aún: ¿Tenemos un puesto para Dios cuando él trata de entrar en nosotros? ¿Tenemos tiempo y espacio para él? ¿No es precisamente a Dios mismo al que rechazamos? Y así se comienza porque no tenemos tiempo para Dios. Cuanto más rápidamente nos movemos, cuanto más eficaces son los medios que nos permiten ahorrar tiempo, menos tiempo nos queda disponible. ¿Y Dios? Lo que se refiere a él, nunca parece urgente. Nuestro tiempo ya está completamente ocupado. Pero la cuestión va todavía más a fondo. ¿Tiene Dios realmente un lugar en nuestro pensamiento? La metodología de nuestro pensar está planteada de tal manera que, en el fondo, él no debe existir. Aunque parece llamar a la puerta de nuestro pensamiento, debe ser rechazado con algún razonamiento. Para que se sea considerado serio, el pensamiento debe estar configurado de manera que la «hipótesis Dios» sea superflua. No hay sitio para él. Tampoco hay lugar para él en nuestros sentimientos y deseos. Nosotros nos queremos a nosotros mismos, queremos las cosas tangibles, la felicidad que se pueda experimentar, el éxito de nuestros proyectos personales y de nuestras intenciones. Estamos completamente «llenos» de nosotros mismos, de modo que ya no queda espacio alguno para Dios. Y, por eso, tampoco queda espacio para los otros, para los niños, los pobres, los extranjeros. A partir de la sencilla palabra sobre la falta de sitio en la posada, podemos darnos cuenta de lo necesaria que es la exhortación de san Pablo: «Transformaos por la renovación de la mente» (Rm 12,2). Pablo habla de renovación, de abrir nuestro intelecto (nous); habla, en general, del modo en que vemos el mundo y nos vemos a nosotros mismos. La conversión que necesitamos debe llegar verdaderamente hasta las profundidades de nuestra relación con la realidad. Roguemos al Señor, con María, la Virgen Madre, para que estemos vigilantes ante su presencia, para que oigamos cómo él llama, de manera callada pero insistente, a la puerta de nuestro ser y de nuestro querer. Oremos para que se cree en nuestro interior un espacio para él. Y para que, de este modo, podamos reconocerlo también en aquellos a través de los cuales se dirige a nosotros: en los niños, en los que sufren, en los abandonados, los marginados y los pobres de este mundo.

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