
–El Niño divino recibe la adoración de su mamá…
–Sí, pero también quiere recibir su contacto, y por eso alarga su pie izquierdo.
–Tanto amó Dios a los hombres, que les entregó a su propio Hijo: en Belén, en la Cruz, en la Eucaristía. Y el misterio de la Encarnación del Hijo eterno es el que da inmenso valor de salvación a todos los demás misterios. De nada nos hubiera valido la Evangelización si el Maestro no fuera Dios y hombre. Tampoco la Cruz, si quien diera en ella su vida en sacrificio de expiación y reconciliación con Dios fuera sólo un hombre. En la Navidad celebramos, pues, el primer gran misterio de la fe, el que da a todos los otros fuerza perfecta glorificación de Dios y de salvación humana. Por tanto, vayan las cosas en el mundo y en la Iglesia como vayan, Dios nos manda por el Apóstol: «Alegraos siempre en el Señor» (Flp 4,4).
–¿Cómo vamos a alegrarnos con tantos males en el mundo y en la Iglesia?…En la Cruz vemos que Dios puede obrar los más grandes bienes con ocasión del mayor mal de la historia humana. Por eso «sabemos que Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman» (Rm 8,28). Consiguientemente:
Que se alegren los que se acogen a Ti con júbilo eterno; protégelos, para que se llenen de gozo los que aman tu Nombre. Porque tú, Señor, bendices al justo, y como un escudo lo cubre tu favor (Salmo 5,12-13).
–El Señor nos reveló el misterio de la inhabitación: «El que me ama guardará mi palabra, mi Padre lo amará, vendremos a él y en él haremos morada» (Jn 14,23). Alegría, pues, en el Señor siempre y en todo lugar.
Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena: porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha (15,8-11).
–«Dadme muerte, dadme vida - dadme guerra o paz cumplida - flaqueza o fuerza a mi vida - que a todo diré que sí. - ¿Que queréis hacer de mí?» (Sta. Teresa). La continua alegría viene de la entrega incondicional a la voluntad del Padre providente; procede de la fe-esperanza-caridad. Paz, y no ansiedades y miedos, necesarios en quien tiene voluntades propias.
Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo; con él se alegra nuestro corazón, en su santo Nombre confiamos (32,20-21)… «Yo siempre estaré contigo»… Tú agarras mi mano derecha, me guías según tus planes, y me llevas a un destino glorioso» (72,23-24).
–«Tengo por cierto que los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación de la gloria que ha de manifestarse en nosotros» (Rm 8,18). El Señor, «por la momentánea y ligera tribulación nos prepara una grandeza eterna de gloria incalculable» (2Cor 4,17). Por tanto, «que la esperanza os tenga alegres, firmes en la tribulación, asiduos en la oración» (Rm 12,12)
Señor, «consuélame con tus promesas; apártame del camino falso y dame la gracia de tu voluntad… Guíame por la senda de tus mandatos, porque ella es mi gozo… Aparta mis ojos de las vanidades, dame vida con tu palabra» (118,28-29.35.37).
–Sí, es cierto: el pecado propio y ajeno nos duele. «Arroyos de lágrimas bajan de mis ojos por los que no cumplen tu voluntad» (Sal 118,136); y más si soy yo el que pecó. Pero la alegría y el sufrimiento pueden ir juntos. Como en una mujer que por fin consigue dar a luz un niño: sufre y se alegra al mismo tiempo, y no se cambiaría por ninguna.
Rocíame con el hisopo: quedaré limpio; lávame: quedaré más blanco que la nieve. Hazme oír el gozo y la alegría, que se alegren los huesos quebrantados (50,9-10).
–Más nos alegra el perdón de Dios que lo que la culpa nos apena, pues ese perdón nos revela su bondad y su amor: ¡cuánto nos ama! No se cansa de perdonarnos, porque no se cansa de amarnos. Y así estamos: viviendo siempre del don o/y del per-don de Dios… «¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!» (Vigilia pascual). Los cristianos, en Cristo, somos los que «hemos conocido y creído la caridad que Dios nos tiene» (1Jn 4,14). ¿Cómo no estar alegres sabiendo que Dios nos conoce y nos ama, uno a uno?… «El Hijo de Dios me amó y se entregó por mí» (Gal 2,20).
El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. No nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas. Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor teruna por sus fieles; porque Él conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro (102,8.10.13-14).
–La perenne alegría sólo es posible por don de Dios. Por eso hemos de pedir al Señor el don de la alegría espiritual.
Alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia Ti; porque tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan (85,4-5).
–Jesucristo es nuestro Rey, y por eso vivimos alegres y confiados. «Ven, Señor Jesús» (Ap`22,20) , «venga a nosotros tu Reino» (Mt 6,10)… «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). Así es: «vive y reina por los siglos de los siglos».
Alegrémonos con Dios, que con su poder gobierna eternamente (65,6-7). Yo sé que el Señor es grande… Todo lo que quiere lo hace, en el cielo y en la tierra (134,5-6). El Señor reina, vestido de majestad,… así está firme el orbe y no vacila. Tu trono está firme desde siempre, y tú eres eterno… Tus mandatos son fieles y seguros (92,1-2.5). Aclamad al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría (99,1-2).
–¿Y a la hora de la muerte, qué?… «Cada día muero» (1Cor 15,31). «El mundo está crucificado para mí y yo para el mundo» (Gal 6,14). «Para mí la vida es muerte, y la muerte ganancia… Deseo morir para estar con Cristo…» (Flp 1,21.23). La alegría en Cristo ilumina las tinieblas de la muerte.
Qué alegría cuando me dijeron, «vamos a la Casa del Señor. Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén» (121,1).
* * *
«Alegraos siempre en el Señor; de nuevo os digo: alegraos» (Flp 4,4). «Estad siempre alegres y orad sin cesar. Dad en todo gracias a Dios, porque tal es su voluntad en Cristo Jesús» (1Tes 5,17-18). Él nos entregó a su Madre para que nos educara en la verdadera alegría, la que Ella vivió siempre:
«Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador, porque ha mirado la humildad de su esclava… porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí. Su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación» (Lc 1,46-50)»
José María Iraburu, sacerdote
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