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La idea de una carrera de maratón fue inspirada por la leyenda de Filípides, un corredor profesional quien supuestamente llevó la noticia de la victoria griega sobre los persas en la batalla de Marathon en el año 409 A.C. En su llegada a Atenas, gritó “Alegraos, hemos vencido!” y luego cayó muerto, exhausto. Actualmente no hay evidencia que este incidente dramático haya tenido lugar alguna vez. 

El historiador del quinto siglo A.C., Heródoto, quien desarrolló jugosas anécdotas de la época y escribió sobre la batalla de Marathon, no menciona en ningún momento nada sobre la hazaña de Filípides. La historia no apareció escrita hasta el segundo siglo D.C. – más de 600 años después de que el supuesto hecho ocurriera. La carrera más larga incluida en los antiguos Juegos Olímpicos Griegos era de solamente 4.614 metros.

Anecdonet.com
Juan Ramón  Domínguez-Palacios
www.anecdotasypoesias.blogspot.com.es

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Escribe Enrique García-Maiquez: "Los que están convencidos de que la culpa es de otros (del sistema, del Estado, de la economía, de sus padres, de la sociedad, de la Iglesia, de los vecinos o de los compañeros de trabajo) viven en un enfado infatigable, cabreados continuos. Yo estoy firmemente convencido de que la culpa es mía".


Nada más práctico que una buena teoría. Una metafísica se multiplica en mil mínimos detalles cotidianos. No digamos ya unos buenos dogmas. Podría poner ejemplos más meticulosos, pero prefiero ir a lo fundamental. Dicen que el catolicismo, con su concepto de pecado, nos culpabiliza.
Es verdad.

Al menos en mi caso. Lo que, sin embargo, me ha hecho ser un hombre muchísimo más feliz de lo que hubiese sido de pensar, como tantos, que la culpa siempre es de los demás. Obsérvenlo. Los que están convencidos de que la culpa es de otros (del sistema, del Estado, de la economía, de sus padres, de la sociedad, de la Iglesia, de los vecinos o de los compañeros de trabajo) viven en un enfado infatigable, cabreados continuos.

Yo estoy firmemente convencido de que la culpa es mía. Incluso ante uno de los casos más extremos me salió esta soleá arrepentida: "Hubieran sido en el pecho / -puñaladas en mi espalda- / si hubiese sido más bueno". Y retrataba una verdad como un templo.

Esto, que según los críticos del cristianismo, debería conducirnos a un espíritu triste, retorcido y taciturno, produce todo lo contrario. Uno se perdona mucho antes a sí mismo que al prójimo y entiende mejor las circunstancias atenuantes y hasta las eximentes y está seguro de que sus intenciones, al menos, no eran malas. Con los demás, la sospecha lo ensucia todo. Si se nos dijo que había que amar al prójimo como a uno mismo, fue porque se conocía el percal. Uno a uno se perdona pronto. Con el prójimo ya nos ponemos a hacer restas, sumas, multiplicaciones y derivadas.

Para más inri, quiero decir, para más gloria, si la culpa es mía, la capacidad de arreglar las cosas depende de mí. Habito en la esfera de mi responsabilidad, para mal y, oh, para bien. Aquel que está arrepentido de sus actos, de su negligencia o de su omisión, también lo está de que sus acciones son (o serían) suficientes para cambiar el curso de los acontecimientos. El que cree que no tiene culpa de nada, está asumiendo indirectamente que él no puede hacer nada de nada para arreglar nada. Natural que se ponga mohíno. El examen de conciencia es el que conviene suspender.

Si luego no hago lo bueno que puedo, la culpa volverá a ser mía, pero ya dentro del círculo virtuoso de la libertad (posible) y del perdón autoconcedido (casi inmediato). La mala conciencia es la prueba del algodón (sucio) de un sistema optimista, activo, libre y caballeroso.

Publicado en Diario de Cádiz.
Juan Ramón  Domínguez-Palacios  
www.enlacumbre2028.blogspot.com.es

Cuando la desinformación es todo un entramado que busca desestabilizar, uno de los mejores caminos para desenmascararla es fortalecer el periodismo.
A primeros del año pasado falleció Zygmunt Bauman, uno de los pensadores que mejor ha analizado y divulgado lo que le pasa a este mundo en el inicio del tercer milenio de la era cristiana. Dice mucho de su potencia intelectual cuando, ya anciano, ha sido tan clarividente para profundizar en unos cambios sociales que se suceden a un ritmo acelerado.
El nacimiento del móvil inteligente, por ejemplo, pilló a Bauman con 81 años. A pesar de ello, vio enseguida el espejismo que podía producir en las personas esa inflación de capacidad para comunicarse que traen las nuevas tecnologías. Las redes sociales, decía Bauman, “son una trampa”

Porque el individuo cree que está en permanente contacto con cientos o miles de personas ─“amigos”“seguidores”─ y sólo se da cuenta de su soledad cuando apaga el móvil en la habitación: “Las relaciones virtuales están provistas de las teclas ‘suprimir’ y ‘spam’, explicaba, que protegen de las pesadas consecuencias de la interacción en profundidad”. Al individualismo “rampante” actual no parece gustarle demasiado la responsabilidad social y Facebook proporciona una magnífica escapatoria para no afrontarla.
Las redes son una de las manifestaciones en el mundo de la comunicación de su concepto de “modernidad líquida”, pero hay otras. Bauman ha ofrecido varias definiciones de esa idea madre. En unas ocasiones habló de ella como la “ausencia de forma” en un mundo desestructurado: se pierde la seguridad en el empleo, se desmorona el Estado de bienestar, la globalización difumina los poderes locales establecidos… 
En otras, se refiere a que “las condiciones sobre las que los miembros de la sociedad actúan cambian más rápido de lo que tardan en consolidarse en hábitos y rutinas”. En este caso, ese mundo líquido se muestra como una corriente cuya velocidad y potencia desborda los cauces tradicionales: el cambio fluye tan rápido que deja avejentados los propios avances antes de haberlos aprovechado.
Como digo, estas premisas se aplican también a la comunicación social. Escuché a un profesor explicar, estirando a Bauman, que la comunicación fue líquida desde el inicio de la historia ─los juglares de la Edad Media difundían de palabra los acontecimientos de la época, por ejemplo─ hasta la aparición de la imprenta a mediados del siglo XV.
Este invento solidificó la comunicación: un editor decidía qué era información, cuándo y cómo se difundía. Al ciudadano sólo le quedaba adaptarse al proceso. Así permaneció casi sin alteraciones hasta que, hacia 1990, Tim Berners-Lee puso en marcha la world wide web. Con ella, devolvió la liquidez a la comunicación. Hoy, contenidos escritos, hablados y grabados se difunden sin control por los ciudadanos, que son a la vez receptores y emisores de los mismos. Millones de juglares explican en cada segundo lo que ocurre a su alrededor. Y a tal velocidad que desasosiega a los propios ciudadanos y perturba a los profesionales de la información.
En este contexto, el gobierno español ha anunciado en diciembre dos iniciativas que tienen que ver con la desinformación, los medios y las redes sociales. Una de ellas es la creación de una comisión compuesta por políticos y editores para estudiar los bulos ─las fake news─ en internet.
Es algo que se ha convertido en una obsesión mundial desde que, a contracorriente, Donald Trump ganara las elecciones en Estados Unidos y los partidarios del Brexit vencieran en el referéndum del Reino Unido. La otra medida pretende terminar con el anonimato en las redes sociales, que propicia un espacio de impunidad a quienes las usan para amenazar o insultar.
¿Qué ha cambiado para que las fake news se hayan convertido en un temor mundial? Pues el propio proceso de desintermediación que ha traído internet, que ha ido eliminando barreras entre los emisores de la información y los receptores. Bulos ha habido siempre y la mayoría estaban controlados por el poder político o económico. ¿Cuál es uno de los principales trabajos de los servicios de inteligencia? ¿En qué consiste lo que se denomina “comunicación de crisis” en los gabinetes de comunicación de partidos, empresas o de organismos oficiales?
Ahora, para bien y para mal, la información fluye de punto a punto y de una a otra de una parte del mundo sin control. En Estados Unidos más de la mitad de la población ya tiene a Facebook como principal ─y a veces única─ fuente de información. Y Facebook ha reconocido que unos 126 millones de estadounidenses estuvieron expuestos a fake news procedentes de Rusia durante el último proceso electoral. Éste es el condicionante clave: no hay intermediarios.
Antes, las fake news tenían que saltar el muro del periodismo para llegar a los ciudadanos ─a veces se conseguía─ y ahora llegan directamente a la opinión pública. Por eso, cuando la desinformación es todo un entramado que busca desestabilizar, uno de los mejores caminos para desenmascararla es fortalecer el periodismo.
Vicente Lozano
Doctor en Periodismo. Redactor jefe y columnista de ‘El Mundo’.
Fuente: revistapalabra.es. / almudi.org
Juan Ramón Domínguez-Palacios /  http://lacrestadelaola2028.blogspot.com.es/
Enlace relacionado
‘La verdad os hará libres’ (Jn 8, 32). ‘Fake news’ y periodismo de pazMensaje del Papa para la 52 Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales 2018

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15:29
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Un libro claro, impactante y muy sugerente. Sólo acabo de comenzarlo y ya estoy enganchado del todo. Espero concluirlo rápidamente, para irlo después desmenuzando y meditando despacio.

El autor es un norteamericano originario de una tribu nativa, gran conocedor de la historia de su país y experto y muy implicado en la actualidad del mismo. Es a la vez un profundo conocedor del cristianismo y un magnífico comunicador.

Creo que es de lectura obligada para orientarnos y estimularnos en la Misión Diocesana, que estamos diseñando, motivando y poniendo en marcha.

Me enfrasqué en la tarea de escribir este libro -dice su autor- pensando en los católicos de a pie, y en aquellos que aman a Jesús y a su Iglesia más que a sus propias opiniones: personas que saben que algo va mal pero no entienden el porqué, o no saban qué hacer. 

Confío que su lectura me ayude a entender mejor lo que pasa y me estimule a intentar cambiar lo que no va.

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(Sigue de ayer.) Las situaciones de invasión son claras. Pero si no existe una invasión, ¿deben decidirlo solo los ciudadanos de una región? ¿Qué mayoría debería ser suficiente para reconocer una independencia? Los mismos teóricos no tienen claro que aquí valga el 51% de síes frente al 49% de noes. 

Precisamente, porque una secesión es una ruptura tan traumática que no pocos juristas admiten que, de manera natural, requeriría un cierto consenso de la población. ¿Se puede obligar al 49% a la secesión? Los independentistas dirán que sí. ¿Pero qué ley afirma eso? ¿Cuál es la ley que abala eso si la secesión, precisamente, por su misma naturaleza no está incluida en el ordenamiento jurídico? Hay muchas decisiones de los representantes del Pueblo que requieren ¾ partes de los votos, porque no son leyes normales, son leyes fundamentales que van a afectar al futuro de los ciudadanos de forma más estable.

Si las naciones admitieran el principio de secesión en sus ordenamientos, tendríamos reconocido el derecho a la división en el mismo seno del Estado que es principio de unión. Porque solamente en la unión subyace el principio de soberanía.

Si se admite el derecho a la secesión, es estado se convertiría en una asociación. El estado como realidad absoluta y soberana de Derecho pasaría a ser una asociación funcional, transitoria y vigente, en el tiempo y en el espacio, según los intereses de cada momento. Eso no es el estado.


Eso se planteó de forma muy clara cuando la Guerra de Secesión de Estados Unidos: ¿somos unos territorios unidos o unos territorios asociados? Una vez que se crea una nación soberana se crea algo nuevo distinto a la alianza de las partes previas.

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