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Durante mi vida he escuchado muchas opiniones acerca de si los exorcistas conviene que aparezcan en los medios o no. Pero la cuestión no es si ellos deben salir en la televisión o no. La cuestión es si los sacerdotes deben aparecer en los medios o no.


Lo que valga para el clero, valdrá para ellos. Muchas veces, las entrevistas que veo del clero, no me agradan. Bien a causa del entrevistado, bien a causa del entrevistador que hace aparecer al entrevistado como un memo.


Una cosa es segura: no debemos juzgar al sacerdote. Siempre debemos pensar que aceptó la entrevista con buena intención. Por supuesto que siempre debe someterse previamente a la obediencia a su obispo o superior religioso.


Pero presupuesta esta condición, el que juzga que hay intenciones torcidas en el sacerdote (como la búsqueda de la fama), en realidad, traslada su propio pecado a los demás. La mente torcida ve intenciones torcidas en los demás.


Cuanto más torcido es uno, más deformados ve a los demás. Cuanto más habita el pecado en uno, menos se da cuenta de su propia visión deformada.


He visto, en ocasiones, entrevistas al clero que me han desagradado profundamente, pero siempre he excusado, siempre he pensado bien. Porque es lo que nos enseña Jesús.


Nuestro Maestro, al que seguimos, es severo con la crítica, el juicio temerario y la división entre nosotros. Le molesta hasta que lo pensemos. Ay del que reprueba, porque será reprobado. Ay del que juzga, porque será juzgado. Ay del que siembra la división, porque ésa es la labor contraria a Cristo.


Así que la próxima vez que veáis a un sacerdote en televisión, rezad para que lo haga bien, y no juzguéis. La verdad es que necesitamos apóstoles que salgan en los medios. Pero ojalá que los que salgan sean luces que brillan con la luz del Evangelio.


Post Data: Siempre me han dado pena los buenos cristianos que han juzgado mi pobre persona cuando he aparecido en la televisión. Porque las razones para aparecer sólo las conoce Dios y yo.




Quisiera decir con fuerza: no tengamos miedo de cruzar la puerta de la fe en Jesús, de dejarle entrar cada vez más en nuestra vida // Autor: SS Francisco





Ángelus en la Plaza de San Pedro Domingo 25 de agosto de 2013






«Señor, ¿son pocos los que se salvan?» (13, 23).



Jesús no responde directamente a la pregunta: no es importante saber cuántos se salvan, sino que es importante más bien saber cuál es el camino de la salvación. Y he aquí entonces que, a la pregunta, Jesús responde diciendo: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos intentarán entrar y no podrán» (v. 24).



¿Qué quiere decir Jesús? ¿Cuál es la puerta por la que debemos entrar? Y, ¿por qué Jesús habla de una puerta estrecha?



La imagen de la puerta se repite varias veces en el Evangelio y se refiere a la de la casa, del hogar doméstico, donde encontramos seguridad, amor, calor. Jesús nos dice que existe una puerta que nos hace entrar en la familia de Dios, en el calor de la casa de Dios, de la comunión con Él.



Esta puerta es Jesús mismo (cf. Jn 10, 9). Él es la puerta. Él es el paso hacia la salvación. Él conduce al Padre.



Y la puerta, que es Jesús, nunca está cerrada, esta puerta nunca está cerrada, está abierta siempre y a todos, sin distinción, sin exclusiones, sin privilegios. Porque, sabéis, Jesús no excluye a nadie.



Tal vez alguno de vosotros podrá decirme: «Pero, Padre, seguramente yo estoy excluido, porque soy un gran pecador: he hecho cosas malas, he hecho muchas de estas cosas en la vida». ¡No, no estás excluido! Precisamente por esto eres el preferido, porque Jesús prefiere al pecador, siempre, para perdonarle, para amarle. Jesús te está esperando para abrazarte, para perdonarte. No tengas miedo: Él te espera. Anímate, ten valor para entrar por su puerta.



Todos están invitados a cruzar esta puerta, a atravesar la puerta de la fe, a entrar en su vida, y a hacerle entrar en nuestra vida, para que Él la transforme, la renueve, le done alegría plena y duradera.



En la actualidad pasamos ante muchas puertas que invitan a entrar prometiendo una felicidad que luego nos damos cuenta de que dura sólo un instante, que se agota en sí misma y no tiene futuro. Pero yo os pregunto: nosotros, ¿por qué puerta queremos entrar? Y, ¿a quién queremos hacer entrar por la puerta de nuestra vida?




Quisiera decir con fuerza: no tengamos miedo de cruzar la puerta de la fe en Jesús, de dejarle entrar cada vez más en nuestra vida, de salir de nuestros egoísmos, de nuestras cerrazones, de nuestras indiferencias hacia los demás. Porque Jesús ilumina nuestra vida con una luz que no se apaga más. No es un fuego de artificio, no es un flash. No, es una luz serena que dura siempre y nos da paz. Así es la luz que encontramos si entramos por la puerta de Jesús.



Cierto, la puerta de Jesús es una puerta estrecha, no por ser una sala de tortura. No, no es por eso. Sino porque nos pide abrir nuestro corazón a Él, reconocernos pecadores, necesitados de su salvación, de su perdón, de su amor, de tener la humildad de acoger su misericordia y dejarnos renovar por Él.



Jesús en el Evangelio nos dice que ser cristianos no es tener una «etiqueta». Yo os pregunto: vosotros, ¿sois cristianos de etiqueta o de verdad? Y cada uno responda dentro de sí. No cristianos, nunca cristianos de etiqueta. Cristianos de verdad, de corazón.



Ser cristianos es vivir y testimoniar la fe en la oración, en las obras de caridad, en la promoción de la justicia, en hacer el bien. Por la puerta estrecha que es Cristo debe pasar toda nuestra vida.



A la Virgen María, Puerta del Cielo, pidamos que nos ayude a cruzar la puerta de la fe, a dejar que su Hijo transforme nuestra existencia como transformó la suya para traer a todos la alegría del Evangelio.

El Sacramento de la Confirmación nos une más firmemente a Cristo y a la

Iglesia "y con la fuerza del Espíritu Santo, nos ayuda a difundir y a

defender la fe, para confesar el nombre de Cristo y para no

avergonzarnos jamás de su cruz". Por esta razón es importante estar

atentos a que los muchachos reciban la Confirmación y no se queden a

mitad del camino. Lo recordó el Papa Francisco, en su catequesis de la

última audiencia general de enero, celebrada en la Plaza de San Pietro,

en que prosiguió sus reflexiones sobre los Sacramentos. La palabra

"Confirmación", que significa "unción", nos dice que, a través del óleo,

el "sagrado Crisma" somos conformados, en el poder del Espíritu, a

Jesucristo, el único ...



“El sembrador salió a sembrar” (Mc 4, 1-20). Jesús compara al corazón del hombre con la tierra y a la Palabra de Dios con una semilla. Dios Padre, que es el sembrador, esparce la semilla de manera tal que esta, que es su Palabra, cae en todos los corazones, pero no en todos esta semilla se hunde con la profundidad suficiente como para echar raíces, germinar y dar fruto. En algunos casos, ni siquiera llegan a hundirse: la escucha de la Palabra es tan superficial, que “los pájaros del cielo”, Satanás, que suele aparecerse como un cuervo, pasa volando y se lleva la semilla; en otros casos, el terreno no es árido, sino rocoso, es decir, son los que escuchan con alegría, como dice Jesús, pero ante las primeras tribulaciones y persecuciones a causa de la Palabra, la dejan de lado; en otros casos, las semillas caen entre espinas: son los que escuchan la Palabra pero luego se dejan seducir por las riquezas del mundo o sino, ante las preocupaciones de todos los días, o ante las tentaciones, en vez de afrontarlas con la Palabra de Dios, se abandonan a sí mismos. Por último, dice Jesús, se encuentran aquellos que escuchan la Palabra, la aceptan con gusto y dan fruto al treinta, al sesenta y al ciento por uno: son aquellos que no solo escuchan la Palabra sino que luego ponen por obra aquello que han escuchado. En estos, la Palabra actúa como una semilla que cae en tierra fértil, que posee las condiciones óptimas de humedad y de nutrientes para poder germinar, porque a diferencia de los otros corazones, en los que las tribulaciones, las seducciones del mundo, y el mismo Satanás, ahogaban la Palabra, en este caso, estos mismos factores, son los que actúan como elementos que profundizan la Palabra cada vez más en el corazón. Por eso es que, luego de un tiempo, y cuando ya se encuentra a una profundidad adecuada, la semilla se abre y despliega su potencial oculto –que es infinito-, echando sus raíces hacia abajo, y haciendo crecer el tallo del brote que saldrá hacia la superficie, hacia arriba.


De esta manera, la Palabra de Dios, sembrada en el corazón fértil, germinará y de ella saldrá un árbol, el Árbol de la Cruz, y así el corazón en el que germine la Palabra de Dios se asemejará al Sagrado Corazón de Jesús, en cuya base está el Árbol de la Cruz, pero también se asemejará al Sagrado Corazón de Jesús, porque poseerá, como el Sagrado Corazón, una corona de espinas, que son las tribulaciones, las tentaciones del mundo y de Satanás, vencidas por el poder de la Sangre de Jesús, que son las mismas que profundizaron la Palabra en su corazón; y finalmente, así como el fruto del Corazón de Jesús es el Amor de Dios, el Espíritu Santo, así también el fruto del corazón en el que germine la Palabra de Dios la caridad, el Amor de Dios.





“El sembrador salió a sembrar” (Mc 4, 1-20). Jesús compara al corazón del hombre con la tierra y a la Palabra de Dios con una semilla. Dios Padre, que es el sembrador, esparce la semilla de manera tal que esta, que es su Palabra, cae en todos los corazones, pero no en todos esta semilla se hunde con la profundidad suficiente como para echar raíces, germinar y dar fruto. En algunos casos, ni siquiera llegan a hundirse: la escucha de la Palabra es tan superficial, que “los pájaros del cielo”, Satanás, que suele aparecerse como un cuervo, pasa volando y se lleva la semilla; en otros casos, el terreno no es árido, sino rocoso, es decir, son los que escuchan con alegría, como dice Jesús, pero ante las primeras tribulaciones y persecuciones a causa de la Palabra, la dejan de lado; en otros casos, las semillas caen entre espinas: son los que escuchan la Palabra pero luego se dejan seducir por las riquezas del mundo o sino, ante las preocupaciones de todos los días, o ante las tentaciones, en vez de afrontarlas con la Palabra de Dios, se abandonan a sí mismos. Por último, dice Jesús, se encuentran aquellos que escuchan la Palabra, la aceptan con gusto y dan fruto al treinta, al sesenta y al ciento por uno: son aquellos que no solo escuchan la Palabra sino que luego ponen por obra aquello que han escuchado. En estos, la Palabra actúa como una semilla que cae en tierra fértil, que posee las condiciones óptimas de humedad y de nutrientes para poder germinar, porque a diferencia de los otros corazones, en los que las tribulaciones, las seducciones del mundo, y el mismo Satanás, ahogaban la Palabra, en este caso, estos mismos factores, son los que actúan como elementos que profundizan la Palabra cada vez más en el corazón. Por eso es que, luego de un tiempo, y cuando ya se encuentra a una profundidad adecuada, la semilla se abre y despliega su potencial oculto –que es infinito-, echando sus raíces hacia abajo, y haciendo crecer el tallo del brote que saldrá hacia la superficie, hacia arriba.


De esta manera, la Palabra de Dios, sembrada en el corazón fértil, germinará y de ella saldrá un árbol, el Árbol de la Cruz, y así el corazón en el que germine la Palabra de Dios se asemejará al Sagrado Corazón de Jesús, en cuya base está el Árbol de la Cruz, pero también se asemejará al Sagrado Corazón de Jesús, porque poseerá, como el Sagrado Corazón, una corona de espinas, que son las tribulaciones, las tentaciones del mundo y de Satanás, vencidas por el poder de la Sangre de Jesús, que son las mismas que profundizaron la Palabra en su corazón; y finalmente, así como el fruto del Corazón de Jesús es el Amor de Dios, el Espíritu Santo, así también el fruto del corazón en el que germine la Palabra de Dios la caridad, el Amor de Dios.



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