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08:07
OFICIO DE LECTURA - LUNES DE LA SEMANA II - TIEMPO PASCUAL
Del común de pastores para un santo obispo, y del común de doctores de la Iglesia. 
SAN ATANASIO, obispo y doctor de la Iglesia. (MEMORIA).
Nació en Alejandría el año 295; en el Concilio de Nicea acompañó al obispo Alejandro, del que fue luego sucesor. Luchó incansablemente contra la herejía de los arrianos, lo cual le acarreó muchos sufrimientos y ser desterrado varias veces. Escribió importantes obras en defensa y explicación de la fe ortodoxa. Murió el año 373. 
SEGUNDA LECTURA
De las disertaciones de san Atanasio, obispo
(Disertación sobre la encarnación del Verbo, 8-9: PG 25, 110-111)
LA ENCARNACIÓN DEL VERBO
El Verbo de Dios, incorpóreo e inmune de la corrupción y de la materia, vino al lugar donde habitamos, aunque nunca antes estuvo ausente, ya que nunca hubo parte alguna del mundo privada de su presencia, pues, por su unión con el Padre, lo llenaba todo en todas partes.
Pero vino por su benignidad, en el sentido de que se nos hizo visible. Compadecido de la debilidad de nuestra raza y conmovido por nuestro estado de corrupción, no toleró que la muerte dominara en nosotros ni que pereciera la creación, con lo que hubiera resultado inútil la obra de su Padre al crear al hombre, y por esto tomó para sí un cuerpo como el nuestro, ya que no se contentó con habitar en un cuerpo ni tampoco en hacerse simplemente visible. En efecto, si tan sólo hubiese pretendido hacerse visible, hubiera podido ciertamente asumir un cuerpo más excelente; pero él tomó nuestro mismo cuerpo.
En el seno de la Virgen, se construyó un templo, es decir, su cuerpo, y lo hizo su propio instrumento, en el que había de darse a conocer y habitar; de este modo, habiendo tomado un cuerpo semejante al de cualquiera de nosotros, ya que todos estaban sujetos a la corrupción de la muerte, lo entregó a la muerte por todos, ofreciéndolo al Padre con un amor sin límites; con ello, al morir en su persona todos los hombres, quedó sin vigor la ley de la corrupción que afectaba a todos, ya que agotó toda la eficacia de la muerte en el cuerpo del Señor, y así ya no le quedó fuerza alguna para ensañarse con los demás hombres, semejantes a él; con ello también, hizo de nuevo incorruptibles a los hombres, que habían caído en la corrupción, y los llamó de muerte a vida, consumiendo totalmente en ellos la muerte, con el cuerpo que había asumido y con el poder de su resurrección, del mismo modo que la paja es consumida por el fuego.
Por esta razón asumió un cuerpo mortal: para que este cuerpo, unido al Verbo que está por encima de todo, satisficiera por todos la deuda contraída con la muerte; para que, por el hecho de habitar el Verbo en él, no sucumbiera a la corrupción; y, finalmente, para que, en adelante, por el poder de la resurrección, se vieran ya todos libres de la corrupción.
De ahí que el cuerpo que él había tomado, al entregarlo a la muerte como una hostia y víctima limpia de toda mancha, alejó al momento la muerte de todos los hombres, a los que él se había asemejado, ya que se ofreció en lugar de ellos.
De este modo, el Verbo de Dios, superior a todo lo que existe, ofreciendo en sacrificio su cuerpo, templo e instrumento de su divinidad, pagó con su muerte la deuda que habíamos contraído, y, así, el Hijo de Dios, inmune a la corrupción, por la promesa de la resurrección, hizo partícipes de esta misma inmunidad a todos los hombres, con los que se había hecho una misma cosa por su cuerpo semejante al de ellos.
Es verdad, pues, que la corrupción de la muerte no tiene ya poder alguno sobre los hombres, gracias al Verbo, que habita entre ellos por su encarnación.
RESPONSORIO    Jr 15, 19. 20; 2Pe 2, 1
R. Serás como mi boca, te pondré frente a este pueblo como muralla de bronce inexpugnable; * lucharán contra ti, mas no podrán vencerte, pues yo estoy contigo. Aleluya.
V. Habrá falsos maestros que introducirán sectas perniciosas, y llegarán hasta a negar al Señor que los rescató.
R. Lucharán contra ti, mas no podrán vencerte, pues yo estoy contigo. Aleluya.
Dios todopoderoso y eterno, que suscitaste a san Atanasio como preclaro defensor de la divinidad de tu Hijo, haz que nosotros, iluminados por sus enseñanzas y ayudados por sus ejemplos, crezcamos en tu conocimiento y en tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
CONCLUSIÓN
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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07:57
OFICIO DE LECTURA - MIÉRCOLES DE SEMANA V - TIEMPO PASCUAL
Propio del Tiempo. Salterio I

Himno: OFREZCAN LOS CRISTIANOS


Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.
Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.
Lucharon vida y muerte
en singular batalla,
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.
Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa. Amén.
V. Dios resucitó a Cristo de entre los muertos. Aleluya.
R. Para que nuestra fe y esperanza se centren en Dios. Aleluya. 
PRIMERA LECTURA

Del libro del Apocalipsis 21, 1-8
LA NUEVA JERUSALÉN
Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva. El primer cielo y la primera tierra habían desaparecido y el mar no existía ya. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo. Y escuché una voz potente que decía desde el trono:
«Ésta es la morada de Dios con los hombres, y acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo y Dios estará con ellos. Les enjugará Dios toda lágrima de sus ojos y no habrá ya muerte ni desdichas, ni lamentos ni aflicciones, pues el primer mundo habrá desaparecido.»
Y dijo el que estaba sentado en el trono:
«Mirad que voy a renovar todas las cosas.»
Y añadió:
«Escribe, porque éstas son palabras fidedignas y verdaderas.»
«Ya está hecho. Yo soy el alfa y la omega, el principio y el fin. Al que tenga sed le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida. El que venza poseerá en herencia estos bienes. Yo seré su Dios y él será mi hijo. Los cobardes, los incrédulos, los manchados con abominaciones, los asesinos, los impuros, los hechiceros, los idólatras y todos los embusteros tendrán su parte en el lago que arde en fuego y azufre, que es la muerte segunda.»
RESPONSORIO    Ap 21, 3. 4
R. Ésta es la morada de Dios con los hombres, y acampará entre ellos. * Y les enjugará Dios toda lágrima de sus ojos. Aleluya.
V. No habrá ya muerte ni desdichas, ni lamentos ni aflicciones, pues el primer mundo habrá desaparecido.
R. Y les enjugará Dios toda lágrima de sus ojos. Aleluya.



De los Hechos de los apóstoles 18, 1-28
FUNDACIÓN DE LA IGLESIA DE CORINTO
En aquellos días, salió Pablo de Atenas y vino a Corinto. Allí se encontró con un judío del Ponto, llamado Áquila, y con su mujer Priscila, recientemente venidos de Italia, por haber mandado Claudio que saliesen de Roma todos los judíos. Pablo trabó amistad con ellos y, como tenía el mismo oficio, se quedó a vivir en casa de ellos, trabajando en su compañía. Eran fabricantes de lona. Cada sábado discutía en la sinagoga, tratando de convencer a judíos y griegos. Cuando Silas y Timoteo llegaron de Macedonia, Pablo se entregó por entero a la predicación del Evangelio, afirmando claramente ante los judíos que Jesús era el Mesías. Pero, ante su oposición y sus palabras injuriosas, Pablo sacudió sus vestidos y les dijo:
«Caiga vuestra sangre sobre vuestra cabeza; yo no tengo la culpa. De aquí en adelante, me dirigiré a los gentiles.»
Con esto, salió de allí y se fue a casa de un prosélito, llamado Ticio Justo, que vivía al lado de la sinagoga. Crispo, el jefe de la sinagoga, creyó en el Señor, con toda su familia; y muchos corintios, después de escuchar la predicación de Pablo, abrazaban la fe y se hacían bautizar. Una noche, en una visión, el Señor dijo a Pablo:
«No temas. Habla y no calles; que yo estoy contigo y nadie osará hacerte daño. Sabe que tengo en esta ciudad muchísima gente que me pertenece.»
Se detuvo allí un año y seis meses, enseñando la palabra de Dios. Siendo Galión procónsul de Acaya, se levantaron a una los judíos contra Pablo y lo llevaron ante el tribunal, diciendo:
«Este hombre incita a la gente a dar a Dios un culto contrario a la ley.»
Ya estaba Pablo para hablar, cuando Galión, dirigiéndose a los judíos, les habló así:
«Si se tratase de una injusticia o de un grave delito, os escucharía, como es lógico. Pero tratándose, como se trata, de discusiones sobre palabras, sobre nombres y sobre vuestra ley, allá vosotros. Yo no quiero ser juez en tales asuntos.»
Y los despachó del tribunal. Por lo que todos se arrojaron sobre Sostenes, el jefe de la sinagoga, y comenzaron a golpearlo delante del tribunal, sin que Galión se preocupase lo más mínimo. Pablo, después de haber permanecido todavía muchos días, se despidió de los hermanos y, junto con Priscila y Áquila, se embarcó para Siria; antes, se había hecho rapar la cabeza en Cencreas, pues tenía hecho voto de nazareato. Desembarcaron en Éfeso, y Pablo, dejando allí a sus compañeros, entró en la sinagoga para hablar con los judíos. Le rogaron que se quedase por más tiempo, pero él no accedió, sino que se despidió con estas palabras:
«Si Dios quiere, volveré otra vez a veros.»
Y partió de Éfeso. Desembarcó en Cesárea, subió a saludar a la Iglesia de Jerusalén y bajó luego a Antioquía. Después de haberse detenido allí algún tiempo, salió a recorrer sucesivamente las regiones de Galacia y Frigia, fortaleciendo en la fe a todos los discípulos.
Entretanto, un judío, llamado Apolo, natural de Alejandría, hombre elocuente y muy versado en las Escrituras, llegó a Éfeso. Había sido instruido en la doctrina del Señor y, con fervor de espíritu, hablaba y enseñaba rectamente todo lo referente a Jesús; pero sólo conocía el bautismo de Juan. Apolo, pues, comenzó a predicar resueltamente en la sinagoga. Priscila y Áquila, que lo escucharon, lo tomaron aparte y le expusieron con mayor exactitud la doctrina evangélica. Como quería él pasar a Acaya, lo animaron a ello los hermanos, y escribieron a los discípulos para que le dispensasen buena acogida. Su llegada fue muy provechosa para los fieles, por la gracia de Dios que poseía, porque refutaba vigorosamente en público a los judíos y les demostraba, por las Escrituras, que Jesús es el Mesías.
RESPONSORIO    Hch 18, 9-10a; Ex 4, 12
R. En una visión, el Señor dijo a Pablo: «No temas. * Habla y no calles; que yo estoy contigo.» Aleluya.
V. Yo estaré en tu boca y te enseñaré lo que tienes que decir.
R. Habla y no calles: que yo estoy contigo. Aleluya.
SEGUNDA LECTURA
De la Carta a Diogneto
(Cap. 5-6: Funk 1, 317-321)
LOS CRISTIANOS EN EL MUNDO
Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto. Su sistema doctrinal no ha sido inventado gracias al talento y especulación de hombres estudiosos, ni profesan, como otros, una enseñanza basada en autoridad de hombres.
Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho.
Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos; carecen de todo, y abundan en todo. Sufren la deshonra, y ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama, y ello atestigua su justicia. Son maldecidos, y bendicen; son tratados con ignominia, y ellos, a cambio, devuelven honor. Hacen el bien, y son castigados como malhechores; y, al ser castigados a muerte, se alegran como si se les diera la vida.
Los judíos los combaten como a extraños y los gentiles los persiguen, y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben explicar el motivo de su enemistad.
Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo. El alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está encerrada en la cárcel del cuerpo visible; los cristianos viven visiblemente en el mundo, pero su religión es invisible. La carne aborrece y combate al alma, sin haber recibido de ella agravio alguno, sólo porque le impide disfrutar de los placeres; también el mundo aborrece a los cristianos, sin haber recibido agravio de ellos, porque se oponen a sus placeres.
El alma ama al cuerpo y a sus miembros, a pesar de que éste la aborrece; también los cristianos aman a los que los odian. El alma está encerrada en el cuerpo, pero es ella la que mantiene unido el cuerpo; también los cristianos se hallan retenidos en el mundo como en una cárcel, pero ellos son los que mantienen la trabazón del mundo. El alma inmortal habita en una tienda mortal; también los cristianos viven como peregrinos en moradas corruptibles mientras esperan la incorrupción celestial. El alma se perfecciona con la mortificación en el comer y beber; también los cristianos, constantemente mortificados, se multiplican más y más. Tan importante es el puesto que Dios les ha asignado, del que no les es lícito desertar.
RESPONSORIO    Jn 8, 12; Sir 24, 25
R. Yo soy la luz del mundo; * el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. Aleluya.
V. En mí está toda gracia de camino y de verdad, en mí toda esperanza de vida y de fuerza.
R. El que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. Aleluya.
Dios nuestro, que amas la inocencia y la restituyes a quien la ha perdido, dirige hacia ti los corazones de tus hijos, para que vivan siempre a la luz de la verdad los que han sido librados por ti de las tinieblas del error. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
CONCLUSIÓN
V. Bendigamos al Señor.

R. Demos gracias a Dios.

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Disculpad el post de hoy (el que está debajo de este) que parece totalmente fuera de sitio. Lo cierto es que había publicado ese post hacía tiempo, pero como programado; y me había olvidado del todo. Yo mismo me he sorprendido al verlo ahora, cuando ya estaba publicado el libro hace una semana. En fin, lo dejo, porque quitarlo crearía más perplejidad acerca de qué ha pasado.

Disculpad el uso del inglés en este libro para las citas, pero cambiar las citas al español, supondría revisar el contenido, una a una. Eso es una hora de tiempo. No sabéis lo bien que me viene una hora de tiempo para hacer cosas en la casa. Los curas españoles (cosa que me parece muy bien) nos encargamos del trabajo de la casa: fregar, lavar, barrer, comprar... Y eso me parece muy bien.

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06:02

Templo de Kukulkán, Yucatán, México

–Gran error.

–Perdónalo, Señor, que no sabe lo que dice. [Lo que es el atrevimiento de la ignorancia]

–La destrucción de ídolos y templos

Este grave tema fue estudiado por el jesuita Constantino Bayle (1882-1953) en Los clérigos y la extirpación de la idolatría entre los neófitos ameri­canos, y por el franciscano Pedro Borges (1929-2008) en La extirpación de la idolatría en Indias como método misional (siglo XVI). Aquí lo consideraremos nosotros en la primera evangelización de México.

En efecto, a poco de la conquista (1519 -1523), según refiere el P. Motolinía, «en todos los templos de los ídolos, si no era en algu­nos derribados y quemados en México, en los de la tierra, y aún en los del mismo México, eran servidos y honrados los demonios. Ocupados los españoles en edificar a México y en hacer casas y moradas para sí, contentábanse con que no hubiese delante de ellos sacrificio de homicidio público, que escondidos y a la redonda de México no faltaban; y de esta manera se estaba la idolatría en paz» (I,3, 64).

Cuenta Mendieta que los españoles civiles, por otra parte, tenían «temor  de que los indios se alborotasen y levantasen contra ellos. Y como eran pocos y el Gobernador Cortés ausente [en la expedición a las Hibueras], los matasen a todos, que este temor por muchos años duró entre los españoles seglares, mas no entre los frailes» (III,21).

Así las cosas, los misioneros veían que la evangelización no podía ir adelante en tanto que los ídolos siguieran ejerciendo su maléfico influjo, y mientras los grandiosos templos piramidales, teocalis, aunque ya limpios de las siniestras alfombras de sangre humana que en otro tiempo ostenta­ban en sus escalinatas, continuaran erguidos en toda su gloria. Y cuenta Motolinía que el 1 de enero de 1525, en Tetzcoco, tres frailes «espantaron y ahuyentaron todos los que estaban en las casas y salas de los demonios», y la batalla en seguida prendió en México, Cuauhtitlán –patria de Juan Diego– y al rededores.

«Y luego, casi a la par, en Tlaxcallan comenzaron a derribar y a destruir ídolos», poniendo en su lugar la Cruz y una imagen de Santa María. Más aún, los frailes, con los in­dios cristianos, «para hacer las iglesias comenzaron a echar mano de sus teocalis para sacar de ellos piedra y madera, y de esta ma­nera quedaron desollados y derribados; y los ídolos de piedra, de los cuales había infinitos, no sólo escaparon quebrados y hechos pedazos, pero vinieron a servir de cimiento para las iglesias» (III,3, 64).

Indios y españoles humillaron así a los dioses de aquellos in­mensos mataderos de hombres, donde habían visto matar, descuar­tizar y desollar a muchos indios, y también a no pocos de sus propios compañeros.

–Justificación racional de esas destrucciones

El franciscano Mendieta, hacia 1600, tratando de acciones tan atrevidas, oponía a aquel primer temor de los españo­les seglares el valor de los frailes, no temerario, sino prudente: «Lo uno, porque no temían recibir la muerte por amor de Dios; y lo otro, porque conociendo [mejor que los civiles] la calidad y condición de los indios, que si veían temor o pusilanimidad en los que trataban, cobrarían ánimo para atreverse; y por el contrario, si conocían brío y fortaleza en sus contrarios y opuestos, luego se amilanarían y aco­bardarían, como en realidad de verdad en este mismo caso se halló por experiencia» (III,21).

Hace un siglo, sobre esta misma cuestión, el gran historiador mexicano Joaquín García Icazbalceta (1825-1894) señalaba igualmente algunos aspectos prácticos que con frecuencia son olvidados. Los templos mexicanos, aquellas enormes pirámides truncadas, llenas de oscu­ros pasillos, cámaras y salas, tenían que ser destruídos: «eran al mismo tiempo fortalezas, y no convenía que subsistiesen en una tierra mal sujeta por un puñado de hombres. Los aztecas mismos habían dado el ejemplo: la señal de su triunfo era siempre el incen­dio del teocali principal del pueblo entrado por armas: así denotan invariablemente sus victorias en la escritura jeroglífica. Por otra parte, la forma peculiar de aquellos edificios impedía que fueran aplicados a otros usos… Los teocalis eran realmente un estorbo. La gran pirámide [de Tenochtitlán] y sus setenta y ocho edificios cir­cundantes ocupaban un inmenso espacio de terreno en lo mejor de la capital, y era evidente que no podían permanecer allí» (Ricard 107).

Cuando una nación su­jetaba a otra, la destrucción de sus templos era la normaindígena del mundo americano, o al menos el recubrimiento com­pleto de los mismos con nuevos emblemas y signos jeroglíficos, que eliminaban así la obra precedente.Y es también hoy norma vigente, en nuestro tiempo. Las fuerzas aliadas, después de la II Guerra Mundial, por ejemplo, des­truyeron tras su victoria todos los grandes símbolos del poder nazi. Igualmente, al caer el co­munismo, las estatuas de Marx y de Lenin, así como otros grandes monu­mentos simbólicos del poder soviético, fueron derribados sin piedad, al mismo tiempo que se prohibía el nazismo y el partido comunista y se confiscaban sus locales.

Pues bien, del mismo modo los españoles del XVI, ayudados por los propios in­dios que habían sido víctimas del poder vencido, destruyeron ídolos y templos, y con especial saña deshicieron los teocalis, aquellos horribles mataderos de hombres. Ni entonces ni ahora se pensó en conservar tales monumentos por su futuro valor arqueológico, o «por amor al arte» que en ellos hubiera, ni tampoco por tolerancia y respeto hacia los supervivientes nazis, comunistas o aztecas vencidos.

HuitzilopochtliAñadiremos al tema algunas reflexiones, igualmente racionales, tomadas del americanista español Guillermo Céspedes del Castillo (1920-2006): «Si los españoles [en cuanto lingüistas, etnógrafos, historiadores de las antigüedades indígenas, etc.] resultaron ser los salvadores del pasado y de la cultura aborígenes, fueron en cambio, y en buena medida, los destructores de monumentos y de otras huellas mate­riales del mundo indígena; es algo que los arqueólogos actuales no les han perdonado. El mundo está lleno de aldeas prehistóricas en­terradas bajo ciudades medievales, de foros romanos convertidos en canteras para construcciones posteriores, de templos cristianos edificados sobre templos paganos, de iglesias cristianas reconver­tidas en mezquitas, y así sucesivamente; pese a todo ello, la des­trucción de Tenochtitlán o la edificación de un convento sobre el arrasado templo del Sol, en Cuzco, parecen hoy culpas especial­mente imperdonables. Cierto que los españoles destruyeron monu­mentos aborígenes, con igual entusiasmo con que hoy son demoli­dos barrios antiguos para construir rascacielos, que a su vez no tardan en ser dinamitados para que los sustituyan otros más altos. Asimismo destruyeron infinidad de objetos arqueológicos por consi­derarlos ídolos demoníacos… En conjunto, y dada la muy superior expresividad de la palabra escrita con respecto a los artefactos hu­manos, los españoles fueron responsables de conservar memorias del pasado aborigen infinitamente más que de destruirlas» (Textos XXV-XXVI). En México, concretamente, para asegurar esa afirmación, bastaría con citar la obra etnográfica monumental de fray Bernardino de Sahagún (+1590), Historia General de las cosas de Nueva España.

 

–Justificación teológica de las destrucciones

La destrucción de los ídolos, en todo caso, desde el punto de vista estrictamente racional, puede considerarse como una cuestión et­nográfica, arqueológica y de política concreta que se presentó en aquellas circunstancias históricas. Así, por ejemplo, Cortés, en lugar de considerar conveniente para el dominio hispano la destrucción de los templos, al conocer cuando regresó de las Hibueras los de­rribos ya hechos, «mostró tener gran enojo, porque quería que estu­viesen aquellas casas de ídolos por memoria» (J. L. Martínez, +2007: 398). A su juicio hubiera convenido conservar aquellos templos espanto­sos, como hoy, por ejemplo, se conservan en Auswichtz el campo de concentración y sus hornos crematorios.

Pero los frailes pretendían ante todo el bien espiritual de los in­dios, y a esa luz, la de la fe, veían que la destrucción de los ídolos era necesaria. A ellos, a los frailes, más que a ningún otro grupo humano, deben la arqueología, la etnografía y la lingüística informa­ciones inapreciables sobre la cultura de aquellos pueblos. Sin embargo, en cualquier caso, el valor de la fe debía ser afirmado por encima de cualesquiera otros.

Los misioneros del XVI, en definitiva, mantenían  una actitud semejante a la de los primeros Apóstoles ante las encarna­ciones simbólicas de los poderes del Maligno. Cuenta, por ejemplo, San Lucas que en Efeso, ante la predicación de San Pablo y los prodigios que rea­lizaba, «todos quedaban espantados y se proclamaba la grandeza del Señor Jesús. Muchos de los que ya creían iban a confesar pú­blicamente sus malas prácticas, y buen número de los que habían practicado la magia hicieron un montón con los libros y los quema­ron a la vista de todos. Calculado el precio, resultó ser cincuenta mil monedas de plata» (Hch 19,17-19).

Una similar actitud, llena de energía apostólica, fue la de San Martín de Tours (+397) que en las Galias iba por pueblos y campos desafiando las divinidades druidas, y abatiendo, con riesgo de su vida, templos, ídolos y árboles sagrados; o la de San Wilibrordo (+739), que hizo lo mismo entre los frisones… Y ésta fue la actitud de los misioneros del XVI, que no tenían en su actividad misional otra referencia que la de los Apóstoles primeros o la de las limitadas y admirables expe­diciones misioneras de la Edad Media.

En este sentido, cuando Robert Ricard examinaba la destrucción de ídolos y templos en México, decía con razón: «Hay que esfor­zarse en ver la cuestión como la veía un misionero [entonces]: para su criterio la fundación de la Iglesia de Cristo, la salvación de las almas, aunque fuera una sola, de valor infinito, representa mucho más que la conservación de unos cuantos manuscritos paganos o unas cuantas esculturas idolátricas. No cabe reprobarles su con­ducta: era lógica y ajustada a la conciencia… Ni el arte ni la ciencia tienen derechos si son un estorbo para la salvación de las almas o para la fundación de la Iglesia» (105).

En la América del XVI, concretamente, si los ídolos y templos hu­bieran sido respetados, los indígenas ciertamente habrían enten­dido que los españoles creían en sus dioses y les temían, siquiera sea un poco, puesto que siendo vencedores, no se atrevían sin em­bargo a destruir sus signos, como para ellos había sido  siempre lo normal cuando vencían a una nación enemiga. Pues bien, si esto justificaba esas destrucciones desde el punto de vista cívico, aún más en cuanto a los provechos espirituales.

Sacrificio humano a HuitzilopochtliPor eso escribe Mendieta: «Cuanto a lo espiritual (que principal­mente deseaban los frailes), bien se experimentó el provecho que resultó de destruir los templos e ídolos. Porque viendo los infieles que lo principal de ellos estaba por tierra, desmayaron en la prose­cución de su idolatría, y de allí adelante se abrió la puerta para ir asolando lo que de ella quedaba… Antes fue tanta la cobardía y te­mor que de este hecho cobraron, que no era menester más de que el fraile enviase alguno de los niños con sus cuentas [del rosario] o con otra se­ñal, para que hallándolos en alguna idolatría o hechicería o borra­chera se dejasen atar de ellos» (III,21).

 

–La sustitución de los templos

Los misioneros del XVI, concretamente los de México, a la práctica de la destrucciónidolátrica unieron muchas veces la de la sustitución cristiana, dando significado nuevo y formas renovadas a templos, lugares y fiestas, procesio­nes y danzas religiosas de la antigüedad indígena. En el valle de Cholula, junto a Puebla de los Ángeles, por ejemplo, se construye­ron iglesias en todos los lugares que antes tenían adoratorios indios. En 1537, cuando los agustinos se establecieron en Ocuila, al su­reste de Toluca, en el estado de México, hallaron que en Chalma había un ídolo famoso que recibía culto en una cueva. Sin tardar mucho, en 1540, los frailes quitaron el ídolo, no se sabe exacta­mente cómo, y allí pusieron un crucifijo, que desde entonces es veneradísimo como Santo Señor de Chalma (Ricard 302).

Sólo más tarde, en circunstancias ya muy diversas, se fué desa­rrollando en la Iglesia, también en América, una misionología de continuidad, en cuanto ésta se hizo posible, entre algunos aspectos de las religiosidades paganas concretas y la novedad suprema del Evangelio. Pero siempre afirmando cuidadosamente la fe en Jesús, ya que «ningún otro nombre nos ha sido dado bajo el cielo, entre los hombres, por el que podamos ser salvados» (Hch 4,12). A Él le ha sido dado «todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). Y «en la unidad del Padre y del Espíritu Santo, vive y reina por los siglos de los siglos. Amén».

José María Iraburu, sacerdote

Índice de Reforma o apostasía

Bibliografía de la serie Evangelización de América

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Siempre que me han preguntado por los nefilim de la Biblia, los gigantes, les he tenido que responder que no sabía más que lo que en el texto sagrado se decía. Era un texto que tenía que ver con los ángeles caídos. Me preguntaban a mí como experto en todo lo que tiene que ver con los demonios. Pero, realmente, no sabía que decirles.

Tengo la gran alegría de ofreceros un nuevo opúsculo, un librito corto. Si fuera publicado en una revista, sería un artículo. Durante años, distintas personas me habían preguntado por los gigantes del capítulo 6 del Génesis. Siempre había respondido que lo único que sabía del tema son los cuatro misteriosos versículos de ese texto bíblico, no sabía nada más. Este es el enigmático texto:

When people began to multiply on the face of the ground, and daughters were born to them, the sons of God saw that they were fair; and they took wives for themselves of all that they chose.
Then the Lord said, “My spirit shall not abide in mortals forever, for they are flesh; their days shall be one hundred twenty years.”
The Nephilim were on the earth in those days and also afterward, when the sons of God went into the daughters of humans, who bore children to them. These were the heroes that were of old, warriors of renown (Genesis 6:1-4).

Pero como el tema tiene relación con los espíritus angélicos, finalmente, me decidí a coger el toro por los cuernos y estudiar el tema con toda la profundidad que me fue posible. El resultado son 61 páginas que han sido publicadas bajo el título Enoc y los nefilim, y que ya está disponible en Biblioteca Forteniana.

Es el séptimo libro que aparece en ese servidor. Os dejo con la lectura de mi libro.

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02:10

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que no permanece en mí no da fruto y va al fuego. Serio esto.

Mi impresión es que hemos abandonado la fe para conformarnos con una mera ideología buenista – histórica – folklórica – costumbrista. Nos gustan las ideas del catolicismo, más o menos que no hay que exagerar, tenemos costumbre de asistir a nuestros ritos, sean misas dominicales, procesiones o ceremonias varias, añadimos ese puntito de solidaridad. Todo eso se puede hacer sin fe. La fe es gracia, la fe es inserción en Cristo, la fe es Cristo viviendo en mí.

Somos insertados en Cristo por el bautismo, pero cuántas veces esa inserción se va debilitando o incluso rompiendo a causa del pecado. Uno de nuestros grandes problemas es la pérdida del sentido del pecado. Nos vamos alejando de Cristo por el pecado, en ocasiones por cosas realmente graves, pero, parte por ambiente social, parte por desidia eclesiástica, parte por comodidad personal, cada vez nos merece menos importancia el hecho del pecado.

Es lo que vemos a diario, eso que todos dicen, decimos, de que a comulgar todos, a confesarse nadie. Parece que nada tiene importancia. No pasa nada por faltar a misa los domingos, por vivir en pareja de cualquier manera, por mentir o engañar. A nadie preocupa la honradez en temas económicos. Poco a poco el pecado se va colando en nosotros y la fe se debilita. Se debilita o se pierde.

Meses, años y años sin una buena confesión. El pecado se va arraigando en la persona, se pierde sensibilidad moral, se quita importancia a la coherencia de vida y fe. Nos queda la ideología. Nada más.

La inserción en Cristo es vida sacramental y es vida de oración. Una vida cristiana sin eucaristía, es nada. Una vida cristiana sin sacramento de la penitencia es nada. Una vida cristiana sin oración es nada. Y sin embargo es muy normal encontrarnos con cristianos que suelen ir a misa cuando pueden, que llevan años y años sin confesarse y que lo de rezar, alguna vez mecánicamente o en caso de “urgencia”.

Tan perdido está, por ejemplo, el sacramento de la reconciliación, que apenas he confesado desde que estoy en los pueblos. Han perdido la costumbre. Gente de misa dominical, incluso de misa diría si pueden. Pero no tienen costumbre. Y me paso mis ratos en el confesionario, y lo digo. Me preocupa porque si no hay vida sacramental no hay fe, no hay gracia, no hay nada.

En ello estamos. En los próximos días voy a repartir unos dípticos explicando lo que es la confesión y cómo confesarse. Insistiremos en ello. Pero es que al final uno lo que acaba descubriendo es que la diferencia entre ideología y fe viva se supera de manera muy especial en el confesionario.

La gente no es mala. Años complejos en la vida y la pastoral de la Iglesia. Un sacramento que cuesta. Un deseo de los sacerdotes de facilitar supuestamente las cosas. Al final, en muchos sitios, un sacramento olvidado que ahora cuesta muchísimo recuperar.

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