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Homilía Solemnidad de Todos los Santos

predicada en Barcelona en 2009

 “Y VIENDO las gentes, subió al monte; y sentándose, se llegaron a él sus discípulos.”

¡Hoy día, la Iglesia recuerda a todo hombre y mujer, de toda edad y nación, de todo idioma y cultura, admitidos para siempre a participar en la gloria de Dios en el Cielo! ¡Desde la Creación del hombre, una inmensa multitud – una asamblea incalculable de seres humanos – se encuentra ante Dios, que es Padre, Hijo, y Espíritu Santo! ¡A todas estas criaturas celebra la Iglesia en este día, bendito entre todos los días!

Con la excepción de la Virgen María, todos los santos y santas del Cielo viven junto a Dios no en cuerpo y alma, ya que el cuerpo permanece en la tierra: solo sus almas están en el Cielo, junto a Dios. No obstante, al recordarlos aquí en la tierra, formamos junto a los santos y santas del cielo un solo y único Cuerpo de Cristo: en cierto sentido, los habitantes del Cielo encuentran nuevamente su cuerpo mediante nuestra oración. Porque la oración concede al hombre la salvación no solo por esperanza, sino la salvación en cuerpo y alma, anticipando asimismo la venida del Señor y la Resurrección del cuerpo.

La oración requiere la presencia completa del ser: cuerpo y alma, tanto en la causa como en el efecto. Recordemos la oración intensa de Jesús en el Jardín de los Olivos: la angustia de su alma era tal que ésta le brotaba del cuerpo, a tal punto que surgía del Señor como gotas de sangre (cf. Lc. 22, 24). ¡Cuántas veces hemos visto la plegaria del alma sanar parcialmente o totalmente un mal del cuerpo! ¿Entonces, por qué no pensar al menos hoy, fiesta de todos los santos, que nuestra plegaria – si bien sea modesta – puede servir para procurar a los habitantes del Cielo una cierta felicidad al encontrar ya su propio cuerpo, aun antes que el Señor lo resucite?

Hemos venido a la Iglesia en esta fiesta, ciertamente por amor, pero también por obligación (en Argentina, no es festivo o feriado, por lo que no es precepto). Porque la Iglesia impone la asistencia a la Misa para todos los santos. ¿Pero, a qué se debe tal obligación? ¿Por qué ser obligado a participar de la Eucaristía todos los domingos y todas las fiestas de precepto? Muchas veces oímos decir: “Sí, creo en Dios y rezo, pero a misa no voy…” Para algunos – no me atrevo a decir, para muchos – no se debe hablar de obligación en la religión: “¿Mandamientos de Dios? Quizás… rigurosamente… ¿Mandamientos de la iglesia? ¡Entonces no!” Sin embargo, la Iglesia es el Cuerpo de Cristo; un cuerpo cuya Cabeza, es decir, el Principal, es Cristo… Si uno tiene la madre a 3 km, en el año va una o ninguna vez, es correcto esto: aquí de qué hablamos de amor, de obligación, de qué…

“Y VIENDO las gentes, subió al monte; y sentándose, se llegaron a él sus discípulos.” Hoy también, estas palabras se cumplen: cuando vamos a la Iglesia, vamos hacia Cristo, que está presente en todos lados pero de modo especial en la Eucaristía, que es su Cuerpo. Así cumplimos lo que Cristo mismo nos pide mediante su Iglesia. Y así también, nos hacemos partícipes con todo nuestro ser de la alabanza de Dios: nuestro cuerpo se desplaza, hace esfuerzos para llegar a la Iglesia, y ayuda al alma a rezar en voz alta, con palabras y cantos. La orden de Dios, la orden de la iglesia no es un constreñimiento: ¡es una bendición, una gracia que nos permite unir todo nuestro ser a la alabanza de los elegidos que se encuentran en la Gloria del Paraíso!

“Y abriendo su boca, les enseñaba…”

“Y abriendo su boca…” Este giro especial del evangelista San Lucas no es de poco interés. Más allá del estilo del autor, este giro de frase pone en evidencia el hecho que Jesús es la Palabra de Dios hecha CARNE. El Hijo de Dios, el Verbo del Padre quiere comunicar con los hombres mediante la humanidad que recibió al encarnarse en el seno de la Virgen María, mediante el Espíritu Santo. Dios quiso que todo en el hombre sea santificado, cuerpo y alma. Mediante el uso de su cuerpo y alma de una manera justa y medida, evitando los excesos y las carencias, el hombre – es decir, todo hombre, sea quien sea – logra la beatitud celestial.

¡En el Paraíso, los elegidos de Dios están junto al Señor Jesús, sentados a la derecha del Padre, viviendo para siempre con el Espíritu Santo! Sin cansarse y en la espera de la resurrección de su cuerpo, los santos y santas del Cielo escuchan esta única melodía del Hijo de Dios que vive de la vida de su Padre: la PALABRA de VIDA sustenta sin cesar a todos los elegidos del Cielo, eternamente felices de oír y apreciar “Cosas que ojo no vió, ni oreja oyó, Ni han subido en corazón de hombre.” (1 Cor. 2, 9)

“«Bienaventurados los pobres en espíritu: porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran: porque ellos recibirán consolación. Bienaventurados los mansos: porque ellos recibirán la tierra por heredad. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia: porque ellos serán hartos. Bienaventurados los misericordiosos: porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los de limpio corazón: porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacificadores: porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia: porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados sois cuando os vituperaren y os persiguieren, y dijeren de vosotros todo mal por mi causa, mintiendo. Gozaos y alegraos; porque vuestra merced es grande en los cielos!»”

Ante todas estas “Buenaventuras” hay solo una que Jesús no pudo pronunciar él mismo, ya que aún no había nacido… fue aquella que Isabel dirigió a María, poco tiempo después de la Encarnación del Verbo en ella: “¡Y bienaventurada la que creyó, porque se cumplirán las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” (Lc. 1, 45) Esta primera “Buenaventura” resume de hecho todas las demás que Jesús pronunció. La fe es necesaria en todas circunstancias. Entre otras, si hoy hemos venido para rezar con la Iglesia, es antes que nada porque somos creyentes. Y queremos alimentar esta fe, nuestra fe, con la Palabra de Dios, fortificándola a través de la Plegaria, ¡y sobre todo con el sacramento del Cuerpo y Sangre de Cristo!

¡Pidámosle a la Santísima Virgen María de ayudarnos a rezar, a crecer, a amar a todos los hombres, todas las mujeres, y todos los niños y niñas del cielo y de la tierra! ¡Que el Espíritu Santo venga en nosotros para transformarnos en verdaderos santos, viviendo ya en el Cielo, y permaneciendo todavía en la tierra!

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04:39

Frontal altar - Sta. Mª de Alviá, s. XIII

–¿Escribe usted esto pensando en el 500º aniversario de la Reforma luterana?

Affirmative.

El director de la oficina de prensa de la Santa Sede, Greg Burke, al presentar el programa del viaje del papa Francisco a Suecia para conmemorar el 500º aniversario de la Reforma luterana, invitó a leer antes del viaje el documento «Luteranos y católicos: del conflicto a la comunión» (19-VI-2013), elaborado por una comisión mixta de católicos y luteranos.

De él dimos noticia en InfoCatólica (19-VI-2013): El cardenal Koch advierte que no es un paso hacia la plena comunión. Publicado documento conjunto católico-luterano con motivo del Quinto centenario de la reforma protestante.

 

–Del conflicto a la comunión

En el número 154 de este documento, al tratar de la Eucaristía, se hacen algunas consideraciones que conviene analizar atentamente, dada la suma importancia de la cuestión (los subrayados son míos):

«Tanto luteranos como católicos pueden afirmar en conjunto la presencia real de Jesucristo en la Cena del Señor: “En el sacramento de la Cena del Señor, Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, está presente total y enteramente, con su cuerpo y su sangre, bajo los signos del pan y del vino” (Eucaristía 16). Esta declaración en común afirma TODOS los elementos esenciales de la fe en la presencia eucarística de Jesucristo sin adoptar la terminología conceptual de “transubstanciación”».

No es verdadera la primera frase, pues, esa presencia real no se produce en la Cena luterana vuelvo al final sobre esta gravísima cuestión. Pero tampoco es admisible el término «todos», que he destacado, ya que la declaración citada no confiesa un elemento fundamental de la fe dogmática de la Iglesia sobre el modo de la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Sobre ese modo declara el Concilio de Trento (11-X-1551), en contraste con los protestantes, lo que siempre y en todo lugar fue creído y enseñado por la Tradición de la Iglesia católica:

«Cristo Redentor nuestro dijo ser verdaderamente su cuerpo lo que ofrecía bajo la apariencia de pan [Mt 26,26ss; Mc 14,22ss; Lc 22,19s; 1Cor 11,24ss]; de ahí que la Iglesia de Dios tuvo siempre la persuasión, y ahora nuevamente lo declara en este santo Concilio, que por la consagración del pan y del vino se realiza la conversión de toda la substancia del pan en la substancia del cuerpo de Cristo Señor nuestro, y de toda la substancia del vino en la substancia de su sangre. La cual conversión, propia y convenientemente, fue llamada transubstanciación por la santa Iglesia Católica» (Denz 1642)

«Si alguno dijere que en el sacrosanto sacramento de la Eucaristía permanece la substancia de pan y de vino juntamente con el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, y negare aquella maravillosa y singular conversión de toda la substancia del pan en el cuerpo y de toda la substancia del vino en la sangre, permaneciendo sólo las especies de pan y vino; conversión que la Iglesia Católica aptísimamente llama transubtanciación, sea anatema» (ib. 1652, can. 2)

El uso del término «transubstanciación», no siempre es absolutamente imprescindible. De hecho, como veremos enseguida, la fe que esa palabra expresa con toda precisión estuvo siempre viva en la Iglesia, aun antes de su proclamación dogmática. Pero si hoy, a principios del siglo XXI, en una declaración que pretende expresar «todos» los elementos fundamentales de la fe cristiana en la Eucaristía, se elude expresar –aunque fuera sin usar esa palabra– la «conversión» substancial o la total «transformación» ontológica del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Jesús, se omite o se niega un elemento esencial de la fe eucarística verdadera. El «todos» que he destacado en la declaración conjunta sólo sería admisible si se pensara que únicamente es esencial a la fe en la Eucaristíaconsiderar la presencia real de Cristo en las especies consagradas, pero no la total conversión ontológica del pan y del vino en el cuerpo y sangre del Señor.

 

–Tradición de la fe católica en la Eucaristía

Afirma Trento, como hemos visto, que «la Iglesia de Dios tuvo siempre la persuasión, y ahora nuevamente lo declara en este santo Concilio», de que por obra del Espíritu Santo (epíclesis), la palabra de Cristo, pronunciada por el sacerdote en su nombre durante la consagración, opera una tranformación total del pan y del vino ofrecido en el altar en el Cuerpo y la Sangre del Señor. La perennidad y universalidad de esta convicción de fe católica podemos comprobarla con unas cuantas citas de la antigüedad. Las tomo, aunque no todas, de la magna obra del P. Jesús Solano, S. J., Textos eucarísticos primitivos (BAC, Madrid, 1978, vol. I, 754 pgs.; y 1979, vol. II, 1009 pgs). Cuando en lo que sigue cito esta obra, indicaré sólo el volumen y el número del documento.

San Ignacio de Antioquía, (+107). «La Eucaristía es la carne de nuestro Salvador Jesucristo, que padeció por nuestros pecados, y a la que el Padre por su bondad ha resucitado» (Cta. a Esmirniotas 7,1). 

San Cirilo de Jerusalén (+386). «Con plena seguridad participamos del cuerpo y sangre de Cristo, porque en figura de pan se te da el cuerpo y en figura de vino se te da la sangre» (I,470). «No los tengas, pues como mero pan y vino, porque son cuerpo y sangre de Cristo, según la afirmación del Señor» (I,473).

San Gregorio de Nisa (+394). «Y esto lo da [en la Eucaristía] transformando (transelementando) en aquel [cuerpo mortal] la naturaleza de las apariencias» (I,653).

San Ambrosio de Milán (+397). «Cuantas veces nosotros recibimos los sacramentos, que por el misterio de la oración sagrada se transfiguran en carne y sangre, anunciamos la muerte del Señor (1Cor 11,26)» (I,536). «Este pan es pan antes de las palabras sacramentales; pero una vez que recibe la consagración, de pan se hace carne de Cristo» (I,541). «Os dije que antes de las palabras de Cristo lo que se ofrece se llama pan; tan pronto como se han pronunciado las palabras de Cristo, ya no se llama pan, sino cuerpo» (I,568).

San Juan Crisóstomo (+407). «No es el hombre quien convierte las cosas ofrecidas [el pan  y el vino] en el cuerpo y la sangre de Cristo, sino el mismo Cristo, que por nosotros fue crucificado. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia aquellas palabras, pero su virtud y la gracia son de Dios. Esto es mi cuerpo, dice. Y esta palabra transforma las cosas ofrecidas» (De prodit. Iudae, homil. 1,6).

Teodoro de Mopsuestia (+428). El Señor «no dijo: “Esto es el símbolo de mi cuerpo”, y esto [el símbolo] de mi sangre, sino: “Esto es mi cuerpo y mi sangre”, enseñándonos a no mirar la naturaleza de lo que aparece presente, sino a que por medio de la acción de gracias [Eucaristía] hecha, se cambia en cuerpo y sangre» (II,128). «… por la sola venida del Espíritu Santo recibe una tal transformación» (II,164). «Lo que es presentado es pan y vino ordinarios, pero por la venida del Espíritu Santo es cambiado en cuerpo y sangre» del Señor (II,180).

San Agustín de Hipona (+430). «Ese pan que veis en el altar, santificado por la palabra de Dios, es el cuerpo de Cristo; ese cáliz, o más bien lo que contiene ese cáliz, santificado por la palabra de Dios, es la sangre de Cristo» (II,314). «Si prescindes de la palabra [de Cristo], el pan es pan, y el vino, vino. Añade la palabra y es otra cosa. El cuerpo de Cristo y la sangre de Cristo… A esto dices tú: Amén… que significa, Es verdad. Así sea» (II,346).

San Nilo de Ancira (+430). «Antes de las palabras del sacerdote y de la bajada del Espíritu Santo, las oblaciones no son sino puro pan y vino ordinarios; pero después de aquellas tremendas epíclesis y de la venida del Espíritu Santo adorable, vivificador y bueno, lo que hay sobre el sagrado altar ya no es pan y vino ordinarios, sino el cuerpo y la sangre preciosos e inmaculados de Cristo, Dios de todas las cosas» (II,481).

Así podríamos seguir recordando cientos de testimonios antiguos de la fe católica en la Eucaristía, en los que siempre se expresa que, por obra del Espíritu Santo, el mismo que encarnó al Hijo divino eterno en el seno de la Virgen María, transforma-cambia-convierte la substancia del pan y del vino en cuerpo y sangre de Cristo. Ya no hay pan ni vino, aunque se mantengan sus apariencias accidentales. Sólo hay-son-están presentes el cuerpo y sangre del Señor. Pero no sigo enumerando los testimonios para no cansar al lector –y de paso, para no cansarme yo de transcribirlos–.

 

–Formulación dogmática de la «transubstanciación» eucarística

Benedicto XVI, en un Discurso pronunciado en San Juan de Letrán (15-VI-2010), refiriéndose a la conversión–transformación obrada en la Eucaristía, dijo lo siguiente:

«Para explicar esta transformación, la teología ha acuñado la palabra “transubstanciación”, palabra que resonó por primera vez en esta basílica, durante el IV Concilio Lateranense [1215], del que se celebrará el octavo centenario dentro de cinco años. En esa ocasión, se introdujeron en la profesión de fe las siguientes palabras: “su cuerpo y sangre están contenidos verdaderamente en el sacramento del altar, bajo las especies del pan y del vino, pues el pan está transubstanciado en el cuerpo, y la sangre en el vino por el poder de Dios» (Denz, 802).

Es la misma doctrina de la transubstanciación eucarística que, como hemos visto, declara en forma dogmática el Concilio de Trento (1551). La misma que Pablo VI confiesa en la primera parte de la encíclica Mysterium fidei (3-IX-1965):

La transubstanciación eucarística «es una realidad que con razón denominamos “ontológica”. Porque bajo dichas especies ya no existe lo que había antes, sino una cosa completamente diversa. Y esto no únicamente por el juicio de fe de la Iglesia, sino por la realidad objetiva, puesto que, convertida la substancia o naturaleza del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Cristo, no queda ya nada del pan y del vino, sino las solas especies. Bajo ellas, Cristo, todo entero, está presente en su realidad física, aun corporalmente, aunque no del mismo modo como los cuerpos están en un lugar».

Es la misma fe que Pablo VI, poco después, en contraste sobre todo con la enseñanza del Catecismo holandés, confiesa solemnemente en el Credo del Pueblo de Dios (30-VI-1968, nn.24-26).

Y es también la misma fe profesada por Benedicto XVI en la exhortación apostólica Sacramentum caritatis (22-II-2007):

«En este horizonte se comprende el papel decisivo del Espíritu Santo en la Celebración eucarística y, en particular, en lo que se refiere a la transubstanciación. … Es muy necesario para la vida espiritual de los fieles que tomen más clara conciencia de la riqueza de la anáfora [plegaria eucarística]: junto con las palabras pronunciadas por Cristo en la última Cena, contiene la epíclesis, como invocación al Padre para que haga descender el don del Espíritu a fin de que el pan y el vino se conviertan en el cuerpo y la sangre de Jesucristo» (n. 13).

 

Lutero, destructor de sacramentos

La reciente declaración católica-luterana, ya referida al principio, dice que «en común afirma todos los elementos esenciales de la fe en la presencia eucarística de Jesucristo, sin adoptar la terminología conceptual de “transubstanciación”». Pero esa afirmación no es verdadera, ya que es eludido el modo de la presencia real de Cristo –por conversión total y substancial, es decir, por transformación ontológica del pan y del vino–, declarado dogmáticamente por la Tradición, Concilios y Encíclicas de la Iglesia, como si la realidad de ese modo no fuera un «elemento esencial de la fe» en la Eucaristía.

Lutero, en muchos lugares de su inmensa obra escrita, niega casi todos los sacramentos o, como en el caso de la Eucaristía, deforma la fe católica verdadera. Me limitaré a citar casi únicamente algunos puntos de su obra «Contra los 32 artículos de los teologastros de Lovaina»(1545), teólogos católicos a los que insulta gravemente con su habitual grosería. Tomo el texto en español de la traducción realizada por Teófanes Egido, Martín Lutero. Obras (Sígueme, Salamanca 2016, 5ª ed., pgs. 359-363).

(5) Los herejes e idólatras lovanienses afirman sin respaldo en la Escritura que son siete los sacramentos. (7) Debe ser condenada como herética la doctrina que la sinagoga de los de Lovaina sostiene acerca del bautismo. (18) Sin motivo alguno, sin apoyo en la Escritura, y sólo por mera vanidad de estos tunantes se enseña la transubstanciación del pan y del vino. (22) No se apoya en la Escritura la doctrina de que la misa es un sacrificio. (23) Es herético y blasfemo ofrecer misas por los difuntos, y está mintiendo soberanamente el charco de los de Lovaina cuando afirma que fue algo instituido por Cristo. (30) No de la Escritura sino de doctrinas humanas sale todo lo que eructan, vomitan y cagan en una iglesia que no es la suya, sino la del Dios vivo.

(32) Que la confirmación sea un sacramento es algo que se afirma sin apoyo en la Escritura, y miente la sentina lovaniense al decir que ha sido instituida por Cristo. (36)  La penitencia enseñada por los lovanienses, o sea, la que consiste en la contrición, confesión y satisfacción, no es otra cosa que ese artefacto de desesperación de Judas, Saúl y otros semejantes. Por tanto, ha de ser condenada como herética. (38) No hay libertad para el bien. Decir que con la ayuda de la gracia se puede tender hacia él no es más que salir por la tangente y responder muy escolásticamente a lo que no se pregunta. (40) El orden no es un sacramento. (42) La extremaunción no es un sacramento. (44) Decir que el matrimonio es sacramento carece de apoyo en la Escritura. (45) El matrimonio es, en realidad, una institución, un don, una ordenación divinos, como lo son el gobierno civil y los magistrados.

(47) Es una verdad que no hay más que una iglesia católica en la tierra; pero no pertenecen a ella los heréticos e idólatras lovanienses ni su ídolo abominable el papa. (48) La iglesia del papa y de estos maestrillos es más exactamente una piara de lobos, enemiga sanguinaria y devastadora de la iglesia de Cristo. (53) En cuanto a los difuntos y el purgatorio ¡qué seguros están estos orondos rapaces de que los que ayer cayeron del cielo en breve salen del infierno! (55) Los votos, primordialmente los monásticos, y el celibato, son invenciones humanas sin respaldo en el mandato y en la palabra de Dios; son un abismo de perdición. (68) Vemos aquí con toda claridad que los bestias lovanienses han rechazado sencillamente la religión cristiana y que son en su corazón unos paganos perdidísimos. (75) He dicho, y en breve, con la ayuda de Dios, diré muchas cosas más.

 

La “impanación” eucarística

Según Lutero, la misa no es sacrificio, y en ella, después de la consagración, se da una presencia real de Cristo, pero el pan y el vino conservan su propio ser y naturaleza. Es decir, que la consagración, por la palabra de Cristo, esto es mi cuerpo y mi sangre, por obra del Espíritu Santo, no causa una verdadera conversión substancial, ni una transformación ontológica. A esta convicción llegó Lutero con ocasión de un estudio publicado por el cardenal de Cambrai, Pierre d’Ailly (+1420):

él sostenía «la afirmación de que en el sacramento del altar persisten el pan y el vino verdaderos y no sólo sus especies, a no ser que la iglesia determinase lo contrario. Después de que me di cuenta de que la iglesia que en realidad había determinado eso había sido la tomista (es decir, la aristotélica), mi audacia tomó aliento, y viéndome entre Scila y Caribdis, mi conciencia se afirmó en la primera sentencia: que subsistían el pan y el vino verdaderos, sin que por ello disminuyesen ni se alterasen la carne y la sangre más que en esos accidentes que ellos aducen. E hice esto por la sencilla razón de que advertí que las opiniones de los tomistas, aunque estuviesen aprobadas por el papa y por los concilios, no pasaban de opiniones que nunca podrían convertirse en artículos de fe, aunque otra cosa determinase un ángel que viniese del cielo. Lo que se afirma sin contar con la Escritura o con la revelación es materia opinable, nunca algo que haya que creer necesariamente … Por más de mil doscientos años ha mantenido la iglesia su fe verdadera y nunca, ni en ningún sitio, se acordaron los santos padres de esa transubstanciación –¡sueño y vocablo portentoso!– hasta que la engañosa filosofía de Aristóteles invadió a la iglesia en estos últimos trescientos años, período en el cual se han ido fijando también otras falsedades» (La cautividad babilónica de la iglesia, 1520: ob. cit. Lutero. Obras, pg. 94).

Nota.- Pedro de Ailly es uno de los principales maestros del nominalismo, doctrina anti-ontológica, que independizando la teología de la metafísica, contribuye decididamente –entonces y hoy–  a la deconstrucción de la Iglesia, pues impugna la filosofía realista en la formulación que el Magisterio apostólico hace de las grandes verdades reveladas. Cuando se habla, pues, del horror que Lutero siente por «la escolástica» –por ejemplo, en la cuestión de la transubstanciación–, se está hablando del nominalismo anti-ontológico que él bebe de esa fuente a través del teólogo alemán Gabriel Biel (1410-1495), profesor y rector de la Universidad de Tubinga, fundada en 1477.

Es ésta la herética doctrina eucarística de la impanación, enseñada por Lutero. Según ella, la presencia real de Cristo en la Eucaristía se produce porque Él se une substancialmente con las substancias del pan y del vino, que permanecen en su ser: Deus panis factus. El Cuerpo de Cristo está, pues, realmente presente in, cum et sub pane. Pero lo está únicamente en el momento litúrgico en que lo recibe el cristiano: in usu, non extra usum.

Lutero y quienes le siguen, al negar la transubstanciación, se alejan radicalmente de la fe católica. Creen que, terminada la liturgia de la Cena, no permanece Cristo realmente presente en la Eucaristía: desaparece su cuerpo y su sangre, quedando sólo pan y vino comunes, que pueden guardarse o tirarse en cualquier sitio. Para ellos, pues, no tiene sentido llevar la comunión a los enfermos o a los presos, como la Iglesia lo ha hecho desde su principio. Ni tampoco practicar la adoración eucarística, que vendría a ser una forma de idolatría.

 

Ignora Lutero voluntariamente que las fórmulas dogmáticas de la Iglesia sobre la transubstanciación (IV Letrán, 1215; Trento, 1551) son un desarrollo continuo que 1º) se inicia en la misma palabra de Cristo –él no dice «este pan y este vino son mi cuerpo y mi sangre», sino simplemente «esto es mi cuerpo y mi sangre»–; 2º) que fueron ya desarrolladas por los grandes doctores y Padres (Cirilo, Ambrosio, Agustín, etc.), ya que ellos enseñan lo mismo que se expresa en el término «transubstanciación». Y prefiere 3º) atribuir falsamente este dogma eucarístico al influjo de la iglesia tomista, invadida por el aristotelismo. Sin embargo, él sabe que la palabra transubstanciación es empleada por primera vez con valor dogmático en el Concilio Laterano IV (1215), cuando no había nacido Santo Tomás (1224-1274) y el tomismo, ni tampoco el influjo del aristotelismo había «invadido» el pensamiento católico del Magisterio y de los teólogos.

La doctrina dogmática de la transubstanciación –ya no pan ni vino, sino el cuerpo y la sangre de Cristo–, es la doctrina católica siempre profesada por la Iglesia Católica, y reafirmada innumerables veces en nuestro tiempo, por ejemplo en el concilio Vaticano II, la encíclica Mysterium fidei, el Credo del Pueblo de Dios, el Catecismo de la Iglesia Católica, y en otros muchos documentos magisteriales.

 

Lo último será lo primero

En el ordenamiento interno de una enseñanza teológica lo normal es poner al principio las premisas mayores del pensamiento, para deducir de ellas, y de otras menores, la conclusión final. En esta ocasión yo he procedido al revés. Recordará el lector la cita inicial de este artículo (Del conflicto a la comunión, n. 154):

«Tanto luteranos como católicos pueden afirmar en conjunto la presencia real de Jesucristo en la Cena del Señor: “En el sacramento de la Cena del Señor, Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, está presente total y enteramente, con su cuerpo y su sangre, bajo los signos del pan y del vino”».

Todo eso suena muy bien, como algo ecuménicamente correcto y positivo, pero no tiene sentido si recordamos simplemente que Lutero y las comunidades que lo siguen +carecen de sucesión apostólica +niegan el sacramento del orden +no tienen, pues, sacerdotes, sean éstos obispos o presbíteros +pero sin sacerdotes no pueden celebrar verdaderamente la Eucaristía +es imposible que en la celebración de la Cena consigan una «presencia real, verdadera y substancial» de Cristo, sea ésta entendida en uno u otro modo +la Cena luterana, por tanto, no causa más presencia de Cristo que la que se produce cuando dos o más se reúnen en su nombre +y consiguientemente el pan y el vino en la Cena, aunque signifiquen durante la celebración el cuerpo y la sangre de Cristo, en ningún momento son más que pan y vino, que finalmente puede ser retirado o tirado.

Ahora bien, si estas verdades las hubiera yo afirmado al principio del presente artículo, todo lo que a ello siguiera vendría a ser superfluo. Pero –ya me perdonarán– yo he querido escribirlo para el honor de Cristo y de su única esposa, la Iglesia, y el bien de mis lectores.

* * *

Un teólogo protestante –creo recordar que era Oscar Cullmann– consideraba inútiles los diálogos ecuménicos que se limitan a coincidir amablemente en aquellas verdades de la fe comunes a las dos partes, eludiendo sistemáticamente la discusión sobre las diferencias doctrinales, a veces irreconciliables, pues lógicamente, al final, cada uno permanece donde ya estaba, sin avance alguno ecuménico hacia una misma fe. Y tenía razón. Lo que sí se consigue es dar la apariencia ilusoria de que se está consiguiendo algo.

José María Iraburu, sacerdote

 

Post post.– Propongo que la Real Academia de la lengua española acepte en su Diccionario el término buenismo, excelente neologismo que expresa una buena parte del espíritu de nuestra época.

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Los tribunales han retirado la pensión por alimentos que percibía un joven murciano de 25 años de su padre tras quedar acreditado que lleva una década «sin hacer nada», según la sentencia de la Audiencia Provincial de Murcia.

Queda estimado así el recurso presentado por el progenitor, ya que su hijo no ha mostrado interés alguno ni por los estudios ni por trabajar durante todo ese largo periodo de tiempo. Al profundizar en el detalle de su situación, se constató que, en cuanto a su formación, no ha obtenido ni el título de EGB, y en lo que se refiere a su actividad laboral en los últimos diez años tan solo ha cotizado siete días.
Además, para la sala que ha enjuiciado este caso extremo de lo que popularmente se conoce como «nini» (joven que ni estudia ni trabaja), resulta sospechoso que tras un periodo tan prolongado de una década en la que el joven no ha cursado estudio alguno, apenas unos días antes del juicio se inscribiera en un curso de formación. Y no se ha podido acreditar que asistiera al ciclo educativo. A la vista de estas circunstancias, en la sentencia se concluye que se declara extinguida la pensión de alimentos que su padre –el demandante en este largo litigio– paga a su hijo, una resolución que entrará en vigor de inmediato, tras comunicarla a las partes.

De 300 a 100 euros
El proceso judicial ha resultado largo antes de llegar a este desenlace favorable al progenitor. De hecho, esta sentencia de la Audiencia Provincial de Murcia revoca otra anterior de un Juzgado de Primera Instancia de Molina de Segura, en esta misma provincia, en la que solo se accedió a rebajar la pensión de 300 euros a 100 euros, por lo que el padre presentó su recurso, que ahora ha prosperado.
Este litigio puede sentar un precedente para una realidad social relativamente extendida en la situación actual de España.

abc.es

Un hecho que invita a reflexionar a todos: padres, educadores, instancias sociales... para afrontar la situación de los ninis y tratar de paliar una complicada situación social.

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Los acontecimientos históricos, y su propio carácter indomable y vehemente, le indujeron a unas posiciones que posiblemente no estaban inicialmente en las intenciones del reformador.
Hace 500 años, Lutero clavó sus 95 tesis en la puerta de la Iglesia del Palacio de Wittenberg. Fue un 31 de octubre de 1517. Con este hecho se inicia una época llena de acontecimientos que, en ese momento, eran imprevisibles: la división de la cristiandad occidental en dos bloques y un montón de quebraderos −y a veces quebrantos− de cabeza.
¿Quién fue Lutero? García Villoslada escribió la que quizá sea su mejor biografía en castellano. Ingresó como monje agustino por una promesa que hizo una noche tormentosa, en la que temió por la integridad de su vida debido a una intensa descarga eléctrica. Posteriormente realizó estudios de teología bíblica; y en 1517 era profesor en la universidad y un predicador ardoroso. Poseía una personalidad obsesiva y vehemente. Su perturbadora idea era disponer de certeza acerca de su salvación eterna.

En aquel momento, ante ciertos abusos desaprensivos −y por qué no decirlo, en los que la codicia adquiría un papel preponderante− en relación a las indulgencias, se rebeló ante los desafueros que veía a su alrededor. Conviene aclarar que los papas renacentistas y humanistas habían decidido transformar la ciudad de Roma y reconstruir las viejas basílicas constantinianas: por ejemplo, en comparación con las sublimes y excelsas catedrales góticas de numerosas ciudades europeas, San Pedro no dejaba de ser una iglesia de pueblo. Pero para eso necesitaban allegar abundantes recursos económicos. Y aquí está el origen de las arbitrariedades antes mencionadas.
Lutero vio en este abuso un argumentario a las tesis que, desde hacía algún tiempo, venía pergeñando para resolver su crisis interior. Y el 31 de octubre de 1517 hincó sus 95 tesis. En esas proposiciones, Lutero dejaba claro que es la fe la que salva y no las obras (limosnas a cambio de bulas con indulgencias). Que solo la fe alcanza la salvación, como don de Dios que no se puede comprar. No había grandes novedades en la doctrina católica adulterada en ese momento con una mala praxis. Pero lo que en un primer momento parecía legítimo, se convirtió en una disrupción que a la postre fue demoledora.
Se ha dicho, no sin razón, que mientras el luteranismo usa en la teología la conjunción adversativa (o) el catolicismo utiliza la copulativa (y). Y así, Lutero comenzará por afirmar que o fe u obras (sola fide); sagrada escritura o tradición (sola scriptura); gracia o naturaleza (sola gratia, pues la naturaleza está absolutamente corrompida por la caída de origen); libertad o predestinación (la libertad es esclava del pecado); fe o razón (solo la fe salva mientras que la razón es el instrumento diabólico de la corrupción); individuo o magisterio (interpretación individual y subjetivismo religioso); etcétera. Este último presupuesto le lleva a tener que dejar el gobierno de la iglesia reformada en manos del príncipe; pues el poder temporal no solo ha de velar por el cuidado y la vida de los súbditos en este mundo, sino también por su salvación en el más allá.
Décadas después, tras muchas luchas, se establecerá el principio cuius regio, eius religio (tal como sea la religión del príncipe o monarca, así será la de los súbditos). La doctrina luterana ponía la semilla de la secularización que al depositar en la autoridad civil el poder religioso será el que indique lo que hay que creer (fe) y las leyes marcarán lo que hay que hacer (moral). Ciertamente Lutero no llega a todas las conclusiones que se deducen de sus presupuestos, porque no las entrevé en su desarrollo histórico.
Hace años, un eminente filósofo me decía que la herejía es la respuesta errónea a un problema verdadero. Lutero era una persona que de buena fe buscaba reformar la iglesia de su tiempo, pero dio primacía a su desgarro interior y terminó él mismo reformado. La impaciencia hace revolucionarios. Los acontecimientos históricos, y su propio carácter indomable y vehemente, le indujeron a unas posiciones que posiblemente no estaban inicialmente en las intenciones del reformador.
Pedro López, en levante-emv.com.

Nos alegramos hoy con toda la Iglesia en una fiesta entrañable y consoladora porque “una muchedumbre inmensa que nadie podría contar” y que en su mayoría llevó una vida parecida a la nuestra, disfruta ya de la visión de Dios por toda una eternidad. Una multitud cuyos nombres no conocemos, que pasó inadvertida a quienes les trataron y, en ocasiones, incomprendidos o despreciados y maltratados, pero conocidos y amados por Dios.
Es esta una Solemnidad alentadora porque muchos de esos santos tendrían un carácter similar al nuestro, parecido temperamento, idéntica inclinación a la pereza, la sensualidad, el amor propio, y experimentaron los mismos sinsabores y penas, y, sin embargo, han superado con la ayuda de Dios esas dificultades. Es posible que más de un centenar de ellos y ellas pudiera decirnos: no te desanimes, también yo he pasado por esas pruebas. Sí, también tú puedes llevar una vida cristiana plena, una vida santa.
Esta Solemnidad que comenzó a celebrarse en toda la Iglesia a partir del s. IX, nos recuerda la llamada universal a la santidad. Podemos y debemos ser santos. “El Señor Jesús, predicó a todos y cada uno de sus discípulos, cualquiera que fuese su condición, la santidad de vida, de la que Él es iniciador y consumador: Sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5, 48)” (C. Vaticano II, L.G., 40).

Hay quienes cuando oyen hablar que Dios les quiere santos, piensan que eso no es para ellos, que no tienen madera de santo. La santidad es una llamada de Dios a cada uno que, en esencia, consiste en amarle con todas nuestras fuerzas, sinceramente, en amar a quienes nos rodean con igual intensidad, y amar la fatiga de cada día, nuestro trabajo. Parece lógico que si la llamada procediera del Comité Olímpico para participar en las próximas Olimpiadas, más de uno pudiera excusarse diciendo que él no reúne las condiciones para el deporte de alta competición. Si la llamada viniera de un partido político para que militemos activamente en sus filas, de una cadena de televisión, de una emisora de radio o de una empresa editorial o periodística, podríamos también declinar esa llamada diciendo que no reunimos las condiciones para la política, la comunicación, las letras. Pero para amar todos tenemos condiciones. Todos podemos amar a Dios que es nuestro Padre y hacer caso de sus indicaciones.
En el Evangelio de hoy, el Señor va enumerando las características de la santidad que permiten la entrada en la gran fiesta del cielo: los pobres de espíritu, esto es, los que no adoran el becerro de oro; los limpios de corazón; los sufridos; los que trabajan por la paz; los que van contra corriente, perseguidos por causa de la justicia... “Son santos los que luchan hasta el final de su vida: los que siempre se saben levantar después de cada tropiezo, de cada día, para proseguir valientemente el camino con humildad, con amor, con esperanza” (S. Josemaría Escrivá).
Encaminemos nuestros pasos por la senda de la santidad guiados por la fe y estimulados por el ejemplo de una multitud tan numerosa y variada con la certeza de que no nos faltará tampoco la ayuda de Santa María, Reina de Todos los Santos.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo (Mt 5, 1-12)
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles:
-Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.
Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.
Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo,

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