Al salir del cole veo a una pareja que se acerca hacia mí por el Paseo de Alcobendas. Él luce la inconfundible camiseta de Aldovea; ella es una chiquilla de catorce o quince años, con poquita ropa encima, flaca como un fideo, de pelo negro alborotado y brazos movedizos que se agitan como las aspas de un molino mientras habla y habla. Él escucha en silencio mirando al suelo, como si estuviese recibiendo una dura reprimenda.
Abro la puerta del coche, pero no me decido a entrar. Me vence la curiosidad por saber de qué están hablando.
Al fin me siento frente al volante y abro la ventanilla. En ese momento, la pareja pasa a mi lado. Ella gasta una voz afilada como un bisturí capaz de traspasar la chapa de la carrocería.
—Sabes lo que te digo. Voy a morir sola, gorda y fea, pero no me importa. Ella se lo pierde.
Pongo en marcha el vehículo. ¡Ah, la vida atormentada de los adolescentes; quien la sufriera otra vez!

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