Martirologio Romano: En Bellegra, en el Lacio (Italia), santo Tomás de Cori (Francisco Antonio) Placidi, presbítero de la Orden de los Hermanos Menores, preclaro por la austeridad de vida y por la predicación, iniciador de los retiros (1729). Fecha de canonización: 21 de noviembre de 1999, por el Papa Juan Pablo II.
Antífona de entrada Sal 111, 4
Brilla para los buenos una luz en las tinieblas: es el Señor bondadoso, compasivo y justo.
Oración colecta
Dios todopoderoso, concédenos que el nacimiento del Salvador del mundo, revelado por la luz de la estrella, se manifieste cada vez más en nuestros corazones. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.
Oración sobre las ofrendas
Acepta con bondad, Señor, las ofrendas de tu pueblo y, por medio de este sacramento celestial, haz que se haga vida en nosotros cuanto proclamamos por la fe. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Antífona de comunión 1Jn 4, 9
Así Dios nos manifestó su amor: envió a su Hijo único al mundo para que tuviéramos Vida por medio de él.
Oración después de la comunión
Señor Dios, que sales a nuestro encuentro en la participación de la Eucaristía, obra en nuestros corazones su poderosa eficacia, para que, al recibirla, nos hagamos cada día más dignos del don que nos haces. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Lectura 1Jn 5, 5-13
Lectura de la primera carta de san Juan.
Hijos míos: ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Jesucristo vino por el agua y por la sangre; no solamente con el agua, sino con el agua y con la sangre. Y el Espíritu da testimonio porque el Espíritu es la verdad. Son tres los que dan testimonio: el Espíritu, el agua y la sangre; y los tres están de acuerdo. Si damos fe al testimonio de los hombres, con mayor razón tenemos que aceptar el testimonio de Dios. Y Dios ha dado testimonio de su Hijo. El que cree en el Hijo de Dios tiene en su corazón el testimonio de Dios. El que no cree a Dios lo hace pasar por mentiroso, porque no cree en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo. Y el testimonio es este: Dios nos dio la Vida eterna, y esa Vida está en su Hijo. El que está unido al Hijo, tiene la Vida; el que no lo está, no tiene la Vida. Les he escrito estas cosas, a ustedes que creen en el Nombre del Hijo de Dios, para que sepan que tienen la Vida eterna.
Palabra de Dios.
Comentario
La mención de agua y sangre nos recuerda la cruz. Allí, del costado abierto de Jesús brotó agua y sangre, figura de los sacramentos que nos unen a Cristo (Cf. Jn 19, 34). Así, unidos a él, vivimos un amor eficaz.
Salmo Sal 147, 12-15. 19-20
R. ¡Glorifica al Señor, Jerusalén!
¡Glorifica al Señor, Jerusalén, alaba a tu Dios, Sión! Él reforzó los cerrojos de tus puertas y bendijo a tus hijos dentro de ti. R.
Él asegura la paz en tus fronteras y te sacia con lo mejor del trigo. Envía su mensaje a la tierra, su palabra corre velozmente. R.
Revela su palabra a Jacob, sus preceptos y mandatos a Israel: a ningún otro pueblo trató así ni le dio a conocer sus mandamientos. R.
Aleluya Cf. Mt 4, 23
Aleluya. Jesús proclamaba la Buena Noticia del Reino, y sanaba todas las dolencias de la gente. Aleluya.
Evangelio Lc 5, 12-16
+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas.
Mientras Jesús estaba en una ciudad, se presentó un hombre cubierto de lepra. Al ver a Jesús, se postró ante él y le rogó: “Señor, si quieres, puedes purificarme”. Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: “Lo quiero, queda purificado”. Y al instante la lepra desapareció. Él le ordenó que no se lo dijera a nadie, pero añadió: “Ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio”. Su fama se extendía cada vez más y acudían grandes multitudes para escucharlo y hacerse sanar de sus enfermedades. Pero él se retiraba a lugares desiertos para orar.
Palabra del Señor.
Comentario
Jesús, el Ungido, hizo presente el Reino de Dios. Enseñaba y sanaba, y las multitudes se reunían junto a él. Podemos imaginar el bullicio y el movimiento, y esa fama que se extendía y que podría marear a cualquiera. Jesús, el Ungido de Dios, se apartaba y oraba. Así vivió su misión salvadora, unido al Padre.
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