Siguiendo con el post de ayer y tras haber leído vuestros comentarios. En el seminario, hubiera sido duro con alguien que abandona la consagración.
Pero hoy día siempre trato de excusar, pienso que pudo haber una historia detrás que si yo la conociera, no sería tan duro. Solo de Dios es el juicio. Y, ciertamente, detrás de los más notables escándalos, a veces, hay historias que atenúan la culpabilidad.
Hay historias de una impresionante inmadurez psicológica en la que la culpa es del que dio un informe positivo para la ordenación. Esto de la inmadurez, hace mucho, me hubiera sonado a excusa. Pero no, hay sujetos que son eternos niños, eternos niños enfermos que jamás madurarán.
En otros casos hay historias de depresiones, de heridas internas, de presiones psicológicas que les hicieron estallar. Hay sacerdotes que han luchado batallas heroicas, grandiosas, pero que acabaron sucumbiendo al desánimo ante persecuciones jerárquicas de una increíble crueldad. No exagero, creedme que no exagero. Esas cosas o le hacen a uno un santo o acaba estallando y echándose al monte.
Nota: Si me lee alguien de la Congregación del Clero, tengo una idea de un mecanismo que se podría llevar a cabo para evitar que este tipo de presbíteros se vean abandonados y solos.
El caso es que los años me han llevado a nunca juzgar a las personas. Podemos hablar, in genere, de lo grave que es una acción; pero, para con la persona, siempre excusar, siempre pensar bien.
Lo cual no es óbice para que el obispo le trate paternalmente primero, le amoneste después, y finalmente, si no queda otro remedio le imponga la sanción que sea adecuada.
El caso de ciertas “religiosas rebeldes”, llamémoslas así, es una prueba cómo con frecuencia los obispos son muy duros con sacerdotes tradicionales muy buenos (y obedientes), y muy suaves con elementos ultraprogresistas nada obedientes. Pero hay que aceptar las cosas como son y orar y no hacer nada que no sea construir. Siempre construir, nunca dividir.
Pero sí, es un hecho, que, tantas veces, los obispos han sido fuertes con los fuertes, y débiles con los débiles.
¿Por qué ser tan suave y dulce con el que hace un indudable daño, y ser implacable con otro basándose en razones insuficientes? El problema ha sido perpetuo. Existe desde el comienzo de la Iglesia.
Nuestra respuesta debe ser siempre la misma caridad que antes aconsejaba para esos sacerdotes que se meten en política o cosas mundanas. Podemos hacer muchas cosas, pero nunca tratar de arreglar las cosas por vías que no sean las legítimamente eclesiales.

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