Sigue del post de ayer. Vamos ahora al meollo del asunto de este hombre bueno (Pacelli) que llegó a Papa, que nunca hizo nada malo, que hizo muchas obras buenísimas, pero que, en la Guerra Civil española sumó, por su parte, error tras error. Y, sobre todo, con una voluntad férrea de no recular, de mantenerse terco frente a todos los obispos de una nación que le insistieron, una y otra vez, que frente a Franco no había ninguna otra opción. O Franco o la completa destrucción del cristianismo en España.
La historia contada en todo su detalle es digna de la mejor novela. Sería un guion magnífico para una película. Ya el punto de partida es un entorno magnífico para las conjuras. Hay que conocer en detalle el panorama de un lehendakari vasco, Aguirre, que utilizó una fórmula en que manifestaba su obediencia a la Iglesia Católica y que desplegaría una labor diplomática impresionante. Hay que conocer la historia de los sacerdotes vascos completamente implicados en la independencia de Euskadi en 1936.
Hay que conocer la historia de un obispo de Vitoria, Múgica, que no condenaba esa implicación de su clero, junto con un cardenal nacionalista, Vidal i Barraquer. Estos dos prelados, exiliados, no pararon de hacer campaña en Roma. El progresismo bien que se encargó de que Francia entera se pasara al lado de la República.
El cardenal Pacelli se empeñó en que había que hacer concesiones frente al nacionalismo. Y ese fue un error: tomar partido y con una información muy fragmentaria. En cualquier caso, pensemos lo que pensemos, el bueno de Pacelli no tenía ningún derecho a imponer sus opiniones personales frente al poder civil.
Posteriormente, la adhesión de Pacelli a que hubiera un armisticio en España cuando la derrota de los rojos se veía ya como evidente era increíble. ¿Cómo se podía pedir eso a un mes de la caída de Bilbao? No había ayudado nada al bando nacional y ahora apoyaba dar un respiro a lo que quedaba de la república. Los obispos españoles nunca entendieron qué estaba pasando en los despachos romanos.
Si algo queda claro cuando uno lee, paso a paso, las conversaciones inacabables entre el primado de España, el gran Gomá, el inmenso Gomá, y el joven Pacelli (no era papa todavía), es la inmensa paciencia del arzobispo toledano frente a alguien completamente convencido de que los obispos españoles necesitaban la inteligente guía de los despachos vaticanos.
Ahora no nos hacemos idea de lo que eran aquellos monseñores hijos de familias nobles o adineradas que iban a un seminario especial, el seminario para nobles de Roma, y que, sin pisar jamás una parroquia, acababan inmersos en una vida que les abocaba a la aspiración de hacer una carrera eclesiástica. Por supuesto que no eran todos los que estaban en esos despachos, pero había muchos, demasiados.
La figura del primado Gomá frente a ellos resulta gigantesca. Un prelado con una visión realista, un hombre que siempre actuó con nobleza. Cada vez que habló con Pacelli pudo hablar sin callarse nada.
Dios pone a las personas adecuadas en el lugar preciso. Gomá fue la persona ideal para una situación tremendamente difícil.

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