“Vino a su casa,
y los suyos no la recibieron”. (Jn 1, 11)
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– Desde luego, es el colmo que a uno le echen de su propia casa y le cierren las puertas, no dejándole entrar. La vida está llena de sorpresas.
– Te pasas toda la vida rompiéndote el alma para poder tener tu casita y de golpe, cuando has terminado de construirla, te dicen que no es tuya. Que estás demás. Que estorbas. Que no se te necesita. Que busques a donde irte. Que hay cosas raras, las hay.
– Y Dios lo sabe. Porque a Dios le ha sucedido lo mismo. Él creó el mundo. Engendró la vida. Creó a los hombres. Sigue derramando la vida en la entraña de la tierra. Y cuando se le ocurre venir a pasarse unos años en esta su casa, algo así como quien se va de vacaciones por una temporada a la playa, encuentra la puerta cerrada. Le han cambiado la llave. Tiene que pedir permiso para entrar, «en su casa», y por el intercomunicador, se le dice que no fastidie. Que no es bienvenido. Que vuelva de donde vino.
– Dios no es bien recibido en su casa. No es bien recibido en su pueblo. Dios, extraño, en la puerta de su misma casa. Desconocido y no recibido en casa. Esa fue la suerte que Dios quiso correr con los hombres y con el mundo.
A Dios le cerramos la puerta.
A Dios no se le recibe en casa.
A Dios le decimos que no moleste.
A Dios le hemos cambiado la llave de la casa para que no se atreva a entrar.
– Mira, Señor, te pareces mucho a esos hermanos míos que vienen de la sierra a la ciudad. Claro, ya sé, tú eras dueño de la casa, y los serranos no son dueños de la ciudad. Pero, es igual. Llegan llenos de dolor, y llenos de igual esperanza. Y todas las puertas les están cerradas. Cargados de paquetes, de cajas en desuso, porque ni maletas tienen, deambulan solitarios en la calle hasta que van a parar al arenal, a unas esteras clavadas en la arena.
– ¿No te parece que lo tuyo fue igualito? Para ti no hay casa.
Para ti, las puertas están cerradas.
Y lo mismito que nuestros serranos, vas a parar también tú al arenal. A esconderte del frío al lado de las ovejas, acurrucadas junto a las otras para darse calor.
Cuando los de uno, los de la propia casa, le niegan calor, uno debe encontrarlo junto a las ovejas del campo.
Al fin, ¿no crees que es un calor más natural, más sencillo? Es el calor de su propio cuerpo, sin necesidad de las estufas artificiales.
– La verdad que uno ya no sabe qué pensar… Porque si a Dios le echamos de casa o no le dejamos entrar… ¿qué podremos hacer con esos hermanos que tanto nos fastidian con sus exigencias?
Hoy voy a tener que pensar en serio:
¿Está mi casa con la puerta abierta para Dios?
¿Estará la puerta de mi corazón abierta para Dios?
¿Le habré cambiado también la cerradura a mi corazón para no darle cabida a Él?
¿Al menos, tendré abierta la puerta para mis hermanos que no tienen casa?
Clemente Sobrado, C.P.
Archivado en: Adviento, Navidad, Vida
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