Estos muchachos que veis en la imagen ya son mayorcitos y se han prestado a ser fotografiados en esa operación infalible, que se puede realizar con los niños a partir de cualquier edad y que explicaré a continuación.
El otro día estuve con los niños y niñas de tres años (1º de Educación Infantil) y les expliqué que los ojos sirven para ver, pero que también se puede hablar con ellos.
- ¡Qué tontería! -exclamó Guillermo, el mayor de la clase.
- No es ninguna tontería. Entonces les expliqué lo que un general venezolano, padre de una numerosa prole, hacía con sus hijos en el momento en que veía que se pegaban o se insultaban, llenos de ira. Les ponía uno frente al otro y les obligaba a que se miraran a los ojos. Es increíble el efecto que se produce. En un primer momento parece que las miradas incendiarias pueden hacer reacción y provocar una explosión, pero se trata de una falsa alarma. En pocos instantes, el incendio pierde totalmente su virulencia. Quizá durante unos segundos los contendientes son capaces de sostener y alimentar el enfado, pero el desenlace es infalible: los que se miran acaban sonriendo y al poco riéndose juntos.
Les expliqué a las criaturas que con los ojos decimos todo lo que nos pasa sin necesidad de usar palabras.
Unos días más tarde estuve con un sobrino mío, de unos pocos años de edad pero nativo digital que se ha encariñado de mi smartfone, o mejor dicho de los juegos que hay en él. A pesar de que son pocas las veces al año que nos vemos, ha logrado crear una cierta adicción y me lo pide continuamente. Aquel día, por la mañana temprano, en vez de devolverme el saludo me pidió que se lo dejara. Entonces le pedí que me mirara a los ojos. Es curioso, su mirada estaba casi ausente. Sólo pensaba en jugar con el aparato dichoso. Se me ocurrió decirle que no se lo iba a dejar y le expliqué la razón, siempre mirándole a los ojos. A medida que hablaba con él, su mirada volvió a ser la de un niño divertido y travieso, pero niño. Había entendido que con su manera de comportarse estaba demostrando que no me quería a mí, sino el móvil que yo llevaba en el bolsillo. Lo comprendió y me dio un beso.
Realmente, los ojos también hablan...
Publicar un comentario