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Monarca electivo, rodeado de tronos dinásticos, general­mente anciano, soberano de una ciudad extraña, gobernada por facciones nobiliarias (los Colonna, los Orsini, los Savelli, etc.), ligadas a su vez por cambiantes alianzas con los señores de Florencia, Milán, Venecia y el reino de Nápoles, y acostum­brados a depender de hecho del Rey de Francia, el Papa no hallaba modo de controlar ese enjambre político.

Entre las pinturas, esculturas y latines, uno de «los imperativos fundamentales, una de las grandes urgencias para la conquista de un verdadero po­der pontificio es abatir primero el poderío de estos clanes romanos, o al menos apaciguar sus conflictos, resolver sus pleitos»[1].

En tales circunstancias, el Poder del Pontífice se recorta, en primer lugar, por la ausencia de continuidad:

Caso único en Occidente, este poder sólo dura una vida y, lo que es más, toda la corte se siente igualmente amenazada por caídas brutales. El Papado es así un principado poco firme; toda su his­toria se encuentra inevitablemente salpicada, a intervalos no previsibles, por dramáticas fractu­ras en el curso cotidiano de los negocios y lleva la marca de las inseguridades y dramas provoca­dos por las sucesiones. A la muerte del Papa todo se trastorna[2].

Y, entonces, surgen los remedios nacidos de esa situación de inseguridad: la simonía y el nepotismo. Sobornos para la elección, parientes para la conservación y administración. Es usual que en el cónclave del Sacro Colegio se ofrezcan «beneficios»:

Los príncipes del siglo intervienen pues por interpósita persona, por medio de sus embaja­dores y agentes más o menos secretos. Estos tie­nen conversaciones con los cardenales que aún no pertenecen explícitamente a un partido, que no se han «declarado»; les ofrecen beneficios, sumas de dinero. Se dice que el rey de Francia, en 1503, creyendo hacer elegir a su favorito, mandó depositar 200.000 ducados entre los ban­queros romanos y 100.000 entre los genoveses. El rey de Nápoles, el de España, el duque de Milán, la ciudad de Venecia y la de Génova y, na­turalmente, los florentinos, llegado el caso, ac­tuaban de la misma manera[3].

En cuanto al gobierno por los sobrinos, los precedentes también abundan:

El sobrino del Papa, o al menos uno de sus pa­rientes, poco después se transforma a su vez en Papa. Esto sucede en todas las naciones: entre los naturales de Siena con los dos Piccolomini, Pío II y Pío III; entre los ligures Della Rovere, con Sixto IV y su sobrino Giuliano (Julio II); entre los florentinos Médicis con León X y Clemente VII, se­parados por un breve intervalo. Tres dinastías, tres elecciones de sobrinos[4].

Favorecimiento de los parientes, a quienes se cubre de honores y de riqueza, a costa del patrimonio papal, que ayu­dan a gobernar, cual una fratría, un clan o una tribu. De entre ellos se destaca alguno más privilegiado, nombrado cardenal, eventual postulante por esa familia en un futuro cónclave. Esa es la corruptela político-eclesiástica, que las circunstancias auspician. Como dice Ferrara, «los Pontífices, situados en el corazón de una Italia dividida en pequeños países y sojuzgada por familias poderosas, tuvieron, una vez pasado el gran Cisma y cerrada la tarea de los Concilios, que dedicarse a la construcción de un fuerte poder temporal, sin el cual hubieran de estar siempre sometidos», de allí que «El «nepotismo» de los Pontífices se justifica, en parte, por la necesidad que sentían de rodearse de personas adictas e interesadas en sostenerlos en el gobierno del Estado contra los turbulentos señores usurpadores de los cargos y de las tierras estatales… Era estrategia fundamental del gobernante de todas las épocas, a la que no fueron nunca, por completo, ajenos los jefes absolutos o populares de la antigüedad clásica, ni los déspotas del Renacimiento, ni Reyes de derecho divino, ni otros ilustres Papas, ni, más recientemente, aunque con menos elegancia y justificación, las democracias y los regímenes totalitarios»[5].

Malas costumbres, empeoradas por el humanismo imperante y familias y estados enemistados por doquier, harán que la mentira y la maledicencia estén a la orden del día. Habiéndose caído de Dios, se habían caído de sí mismos, con el consiguiente impacto en la moral cristiana, o «renaciendo» en una moral mundana; en algún sentido el fin justificaba los medios, frase atribuida a uno de sus máximos exponentes, Maquiavelo —aunque nunca la dijo.

Todo podía decirse o exagerarse con tal de desacreditar a un Papa no conveniente para ciertas facciones. No que fueran santos (no hubo Papas santos en el Renacimiento) pero se exageraba; así por ejemplo del Papa Inocencio VIII se decía que «vive rodeado de sus hijos naturales. El rumor público le atribuye una docena, pero sólo se ha reconocido a dos, Teodorina y Francesco»[6].

Funck-Brentano nos traza este cuadro de la época que bien puede ayudarnos a comprender su mentalidad:

El primer cuidado de un Papa recientemente instalado era el de conducir a su familia al apo­geo de la fortuna, del crédito y del poder. Los Papas obraban así, no solamente por el de­seo de favorecer a los suyos, sino que para fortale­cer su propia autoridad en la sede pontificia y faci­litar su gobierno, por el acrecentamiento de la fortuna, del poder y de la influencia de su «mes­nada». Como muy bien observa Imbart de la Tour, el nepotismo, en las condiciones en que se ha­llaban los Papas del siglo XVI, era para ellos casi una necesidad. Los Papas del Renacimiento, casi todos, tuvieron hijos. Ellos los unían a las fami­lias poderosas… Ponían en manos de sus parien­tes las principales funciones y dignidades de los Estados de la Iglesia (…). Era preciso igualmente que cada uno de estos Papas tuviese el Sacro Colegio a su servicio: ¿qué medio mejor para asegurárse­lo que poblarlo con los suyos? Y no creamos que los contemporáneos encon­trasen algo que decir, por el contrario. No consideraban malo que un Papa tuviese hijos para que le sirvieran de sostén contra los «tiranos» vecinos. Estimaban bueno que un Papa favore­ciese a su familia con cuanto podía favorecerla; lo contrario más bien hubiera sido criticado. Lo­renzo el Magnífico (…) escribe sobre esto —hacia 1489— a Inocencio VIII: «Otros no han esperado tan largo tiempo como Vuestra Santidad para obrar como papas, no han perdido su tiempo en reserva y escrúpulos de honradez. Vuestra Santidad no es solamente, ante Dios y los hom­bres, libre de obrar, sino que su discreción po­dría tornarse en vituperación y atribuirse a quién sabe qué móviles. Por lealtad me veo obli­gado a recordar a Vuestra Santidad que ningún hombre es inmortal y que un Papa no cuenta más que por lo que él quiere contar. La digni­dad de su carácter no constituye una herencia; sólo los honores y los beneficios con que ha gratificado a los suyos pueden considerarse como su patrimonio». Es verdad que Lorenzo de Médicis había casado a su hija con el hijo del Papa, (pero) tales palabras, bajo la pluma de tal hombre, no son menos características de su tiempo[7].

Hay, pues, un hecho admitido: los Papas, Prín­cipes temporales, no brillan por su mo­ralidad. «En la Corte pontificia se ve todos los días cómo se pisotean los votos de celibato. Ya ordenado, el propio Papa Piccolomini (Pío II) había tenido hijos naturales, y se lo ha escuchado poner en duda las virtudes del celibato para los sacerdotes»[8]. Hijos o sobrinos («nepos») reciben capelos cardenalicios (el cargo es diplomático-político, de represen­tación pontificia, no necesariamente religioso). Y se enfren­tan en sus ambiciones. Los dos sobrinos de Sixto IV, los car­denales Pietro Riario y Giuliano della Rovere (quienes han recibido el capello a los 25 y 28 años respectivamente), luchan entre sí como futuros sucesores de su tío.

En esta historia tan movida, los intereses de la Cristiandad parecen singularmente sacrificados. El Estado pontificio se asemeja cada vez más a un principado como los otros, en lucha nada más que por sus intereses materiales. La única dife­rencia con las pequeñas tiranías italianas reside en el modo de transmisión del poder, que se hace por elección y no por herencia. Pero los cardena­les sobrinos consideran que tienen derecho prioritario a la sucesión. Pedro Riario se ha postulado como príncipe heredero. Julián della Rovere se comporta de la misma manera. Pero en el cami­no de su ambición choca con el vicecanciller Ro­drigo Borgia. Una rivalidad feroz, apenas disimu­lada por la pompa de las ceremonias, opone a los dos hombres, cada uno de ellos apoyado por una clientela que le muestra su devoción[9].

En el Pontificado siguiente, el de Inocencio VIII, no me­joraron las cosas en orden a la moralidad:

Desde Sixto IV, las cortesanas de la ciudad de­bían abonar un impuesto anual de 20.000 duca­dos; la prostitución, de tal modo autorizada por el Vaticano, era floreciente, y los clérigos la apro­vechaban abiertamente. Durante el pontificado de Inocencio VIII, en 1490, un vicario pontificio creyó obrar bien al ordenar a todos los clérigos o laicos que vivían en Roma que despidiesen a sus «concubinas públicas o secretas», so pena de excomunión. Pero el Papa desautorizó esa ini­ciativa, al declarar que el derecho canónico no imponía nada por el estilo. Por lo demás, las «cor­tesanas honestas» contribuían al esplendor de las Cortes cardenalicias (…). El Papa se encontraba en mala posición para dar consejos de moral. Su hijo, Francesco Cibbo (…), descuidaba y engañaba a su esposa, Magdalena de Médicis, con mujeres de mala vida. Por las noches se lo veía recorrer los barrios de mala fama en compañía de Girolamo Tuttavilla, hijo natural del cardenal de Estouteville. Violaban a las mujeres, penetraban en las casas por la fuerza, se arruinaban en el juego (…).Las nominaciones de los cardenales es­taban siempre manchadas de simonía. Ya nada asombraba a los romanos. Gregorovius, un his­toriador moderno, compara a los cardenales de entonces con los senadores del Imperio Roma­no. Se mostraban en público, a pie o a caballo, llevando al costado una espada de gran precio. Cada uno mantenía en su palacio a un personal de varios centenares de servidores, que podían reforzarse a voluntad con esos mercenarios co­nocidos con el nombre de «bravi». Además, te­nían una clientela de personas del común a quie­nes alimentaban por su cuenta. Casi todos poseían su facción propia, y rivalizaban entre sí en magnificencia (…).Los cardenales eclipsaban a los antiguos barones romanos[10].

No creemos que sea necesario añadir nada más para tener una idea aproximada del ambiente de la Curia romana en ese siglo. Panorama suficiente como para poder asegurar que la corrupción de las costumbres no fue introducida en Roma por la familia Borgia. En consecuencia, la conclusión en este punto es la que asienta Ivan Cloulas: «Las costumbres de Ro­drigo (Borgia) no difieren para nada de las de la mayoría del Sacro Colegio»[11]. Desde luego, que el mal de los otros no exculpa el propio. Pero, en esa perspectiva señalada, no po­drá singularizarse la persona de Alejandro VI con más rigor que lo que cabría ha­cer respecto de cualquiera de los otros Papas del Renacimiento.

Quizás algún lector se sorprenda con los párrafos precedentes. En tal caso es necesario recordar la imprescindible máxima para la interpretación de la historia, recordada por Hilaire Belloc, quien señala que «no es historiador quien no sabe juzgar desde el pasado». Es decir, es necesario ubicarse en la mentalidad de un contemporáneo de entonces para indagar si calzaban o no dichas conductas según su cosmovisión o si se consideraban extemporáneas y dignas de rechazo para el desenvolvimiento de la res publica. No era así entonces.

continuará


[1] Ibídem, 55.

[2] Ibídem, 58, 59, 61.

[3] Ibídem, 63.

[4] Ibídem, 74-75.

[5] Orestes Ferrara, op. cit., 16

[6] Ivan Cloulas, Los Borgia, Javier Vergara, Buenos Aires 1988, 77.

[7] Franz Funck-Brentano, El Renacimiento,Zig-Zag, Santiago de Chile, s/f, 118-119.

[8] Ivan Cloulas, op. cit., 56.

[9] Ibídem, 71-72.

[11] Ibídem, 85-86.

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¡Hoy no voy a hablar de Trumpo! Ya lo advierto para que no os quedéis defraudados los que esperabais mi diaria andanada diaria contra los flancos de The Audacious.

Tampoco voy a hablar de Amoris Laetitia. No, señor. Hoy vamos a dejar descansar el magisterio pontificio.

Tampoco hoy voy a hablar de alguna nueva macroliturgia que se me haya ocurrido en uno de mis ocios invernales, muy “propiciois” (suena francés) para este tipo de ocurrencias.

No, hoy sólo os quería decir lo mucho que disfruté cuando tenía 19 años y leí Claudio, el dios. Me metí en la historia completamente, la viví. Después leí Yo, Claudio. Me gustó todavía más. Era una época sin distracciones, no existía Internet, las llamadas telefónicas eran rarísimas: sólo existía el libro. Además, era una época de mi vida con mucho tiempo. Tenía 19 años. 

Si uno repasa la lista de los best sellers de aquella época, los años 80, resulta evidente que los libros que más se vendían eran de una calidad altísima. En los escaparates resulta evidente que los mejores libros eran los que más ventas tenían. En una época en que se leía mucho (tampoco se podía hacer otra cosa), el gusto de los lectores era muy exigente. Después vino el triunfo de la literatura más mediocre. El final de este proceso tal vez haya sido el triunfo de Trumpo.


Aunque quien sabe, quizá dentro de quince años veamos el juramento de Calígula Donald Trump. 

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Martes 31 de Enero de 2017
San Juan Bosco, presbítero
(MO). Blanco.

Martirologio Romano: Memoria de san Juan Bosco, presbítero, el cual, después de una niñez áspera, fue ordenado sacerdote y en la ciudad de Turín, en Italia, se dedicó con todas sus fuerzas a la formación de adolescentes. Fundó la Sociedad Salesiana y, con la ayuda de santa María Dominica Mazzarello, el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora, para enseñar oficios a la juventud e instruirles en la vida cristiana. Lleno de virtudes y méritos, voló al cielo en este día en la ciudad de Turín, en Italia (1888). Fecha de canonización: 1 de abril de 1934 por el Papa Pío XI.


Antífona de entrada         cf. Sal 131, 9
Tus sacerdotes, Señor, se revistan de justicia y tus fieles exulten de alegría.

Oración colecta    
Dios nuestro, que elegiste a san Juan Bosco, presbítero, para que fuera padre y maestro de la juventud, concédenos que, animados por esa misma caridad que ardía en su corazón, busquemos el bien de las almas y vivamos entregados a tu servicio. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Oración sobre las ofrendas       
Recibe, Señor, la ofrenda que presentamos en tu altar en la conmemoración de san Juan Bosco, y así como a él lo glorificaste por estos misterios, concédenos a nosotros tu bondadoso perdón. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión       cf. Mt 24, 46-47
Feliz aquel servidor a quien su señor, al llegar, lo encuentre velando; les aseguro que lo hará administrador de todos sus bienes.

Oración después de la comunión

Te pedimos, Dios todopoderoso, que la participación en la mesa celestial robustezca y aumente las fuerzas espirituales de quienes celebramos la fiesta de san Juan Bosco; para que guardemos con integridad el don de la fe y recorramos el camino que él nos señaló. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Lectura        Heb 12, 1-4
Lectura de la carta a los Hebreos.
Hermanos: Ya que estamos rodeados de una verdadera nube de testigos, despojémonos de todo lo que nos estorba, en especial del pecado, que siempre nos asedia, y corramos resueltamente al combate que se nos presenta. Fijemos la mirada en el iniciador y consumador de nuestra fe, en Jesús, el cual, en lugar del gozo que se le ofrecía, soportó la cruz sin tener en cuenta la infamia, y ahora “está sentado a la derecha” del trono de Dios. Piensen en Aquel que sufrió semejante hostilidad por parte de los pecadores, y así no se dejarán abatir por el desaliento. Después de todo, en la lucha contra el pecado, ustedes no han resistido todavía hasta derramar su sangre.
Palabra de Dios.

Comentario
En esta carta la fe se ha mostrado como una decisión que compromete toda la vida. Y a la vez un camino que no se hace solo. Hoy, volviendo a tener presente estas palabras, miremos a tantos testigos que, quizás sin ser conocidos por todos, sabemos que caminan junto a nosotros.

Sal 21, 26b-28. 30abcd. 31b-32
R. ¡Los que te buscan te alabarán, Señor!

Cumpliré mis votos delante de los fieles: los pobres comerán hasta saciarse y los que buscan al Señor lo alabarán. ¡Que sus corazones vivan para siempre! R.

Todos los confines de la tierra se acordarán y volverán al Señor; todas las familias de los pueblos se postrarán en su presencia. R.

Todos los que duermen en el sepulcro se postrarán en su presencia; todos los que bajaron a la tierra doblarán la rodilla ante él. R.

Hablarán del Señor a la generación futura, anunciarán su justicia a los que nacerán después, porque esta es la obra del Señor. R.


Aleluya        Mt 8, 17
Aleluya. Cristo tomó nuestras debilidades y cargó sobre sí nuestras enfermedades. Aleluya.

Evangelio     Mc 5, 21-43
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos.
En aquel tiempo, Jesús pasó de nuevo en la barca a la otra orilla y se aglomeró junto a Él mucha gente; Él estaba a la orilla del mar. Llega uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verle, cae a sus pies, y le suplica con insistencia diciendo: «Mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se salve y viva». Y se fue con él. Le seguía un gran gentío que le oprimía. 

Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, y que había sufrido mucho con muchos médicos y había gastado todos sus bienes sin provecho alguno, antes bien, yendo a peor, habiendo oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. Pues decía: «Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, me salvaré». Inmediatamente se le secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que quedaba sana del mal. Al instante, Jesús, dándose cuenta de la fuerza que había salido de Él, se volvió entre la gente y decía: «¿Quién me ha tocado los vestidos?». Sus discípulos le contestaron: «Estás viendo que la gente te oprime y preguntas: ‘¿Quién me ha tocado?’». Pero Él miraba a su alrededor para descubrir a la que lo había hecho. Entonces, la mujer, viendo lo que le había sucedido, se acercó atemorizada y temblorosa, se postró ante Él y le contó toda la verdad. Él le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad». 

Mientras estaba hablando llegan de la casa del jefe de la sinagoga unos diciendo: «Tu hija ha muerto; ¿a qué molestar ya al Maestro?». Jesús que oyó lo que habían dicho, dice al jefe de la sinagoga: «No temas; solamente ten fe». Y no permitió que nadie le acompañara, a no ser Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a la casa del jefe de la sinagoga y observa el alboroto, unos que lloraban y otros que daban grandes alaridos. Entra y les dice: «¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida». Y se burlaban de Él. Pero Él después de echar fuera a todos, toma consigo al padre de la niña, a la madre y a los suyos, y entra donde estaba la niña. Y tomando la mano de la niña, le dice: «Talitá kum», que quiere decir: «Muchacha, a ti te digo, levántate». La muchacha se levantó al instante y se puso a andar, pues tenía doce años. Quedaron fuera de sí, llenos de estupor. Y les insistió mucho en que nadie lo supiera; y les dijo que le dieran a ella de comer.
Palabra del Señor.

Comentario
Este hombre y esta mujer nos enseñan a creer cuando todo parece muerto. Y esta fe se manifiesta, muchas veces, en contra de las reglas establecidas: el hombre sale de la sinagoga, de su fe tradicional y familiar, para abrirse a la novedad del Reino. Y la mujer, sin importarle las normas de la pureza, que le impedían tocar a un hombre cuando tenía derrames de sangre, se lanza también hacia lo único que le queda: confiar en Jesús. Dos ejemplos, dos actitudes que dicen mucho a nuestra misma conducta.

Oración introductoria 
¡Qué infinito es tu poder y tu misericordia! Jesús, tú que te apiadas de todos, te pido que me permitas en esta oración contemplar tu Sagrado Corazón. Quiero enamorarme más de Ti para ser un propagador de tu amor entre todos los hombres. 

Petición 
Jesús, ayúdame a corresponder a tu amor y misericordia. 

Meditación  

Hoy el Evangelio nos presenta dos milagros de Jesús que nos hablan de la fe de dos personas bien distintas. Tanto Jairo —uno de los jefes de la sinagoga— como aquella mujer enferma muestran una gran fe: Jairo está seguro de que Jesús puede curar a su hija, mientras que aquella buena mujer confía en que un mínimo de contacto con la ropa de Jesús será suficiente para liberarla de una enfermedad muy grave. Y Jesús, porque son personas de fe, les concede el favor que habían ido a buscar.

La primera fue ella, aquella que pensaba que no era digna de que Jesús le dedicara tiempo, la que no se atrevía a molestar al Maestro ni a aquellos judíos tan influyentes. Sin hacer ruido, se acerca y, tocando la borla del manto de Jesús, “arranca” su curación y ella enseguida lo nota en su cuerpo. Pero Jesús, que sabe lo que ha pasado, no la quiere dejar marchar sin dirigirle unas palabras: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad» (Mc 5,34).

A Jairo, Jesús le pide una fe todavía más grande. Como ya Dios había hecho con Abraham en el Antiguo Testamento, pedirá una fe contra toda esperanza, la fe de las cosas imposibles. Le comunicaron a Jairo la terrible noticia de que su hijita acababa de morir. Nos podemos imaginar el gran dolor que le invadiría en aquel momento, y quizá la tentación de la desesperación. Y Jesús, que lo había oído, le dice: «No temas, solamente ten fe» (Mc 5,36). Y como aquellos patriarcas antiguos, creyendo contra toda esperanza, vio cómo Jesús devolvía la vida a su amada hija.

La fe de una persona puede mover hasta el corazón del mismo Dios. Ésta es una condición que todo cristiano debe tener bien afirmada. 

Dos grandes lecciones de fe para nosotros. Desde las páginas del Evangelio, Jairo y la mujer que sufría hemorragias, juntamente con tantos otros, nos hablan de la necesidad de tener una fe inconmovible. Podemos hacer nuestra aquella bonita exclamación evangélica: «Creo, Señor, ayuda mi incredulidad» (Mc 9,24).

Propósito 
Pedir la fe todos los días, para mover el corazón de Jesús, que espera de nosotros que le pidamos lo que más necesitamos. Si se lo pedimos con fe, entonces Él con más gusto nos la dará. 

Diálogo con Cristo 


Jesús, mi corazón, y el de mis hermanos, está siempre sediento de tu amor. Ayúdame a buscarte siempre en la Eucaristía. 

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OFICIO DE LECTURA  - SAN JUAN BOSCO, presbítero. (MEMORIA)

Del Común de santos varones: para los santos educadores. Salterio III

31 de enero

Nació junto a Castelnuovo, diócesis de Turín, el año 1815. Su niñez fue dura. Una vez ordenado sacerdote, empleó todas sus energías en la educación de los jóvenes e instituyó unas Congregaciones destinadas a enseñarles diversos oficios y formarlos en la vida cristiana. Escribió también algunos opúsculos en defensa de la religión. Murió el año 1888. 


SEGUNDA LECTURA


De las cartas de san Juan Bosco, presbítero
(Epistolario, Turín 1959, 4, 201-203)

TRABAJÉ SIEMPRE CON AMOR

Si de verdad buscamos la auténtica felicidad de nuestros alumnos y queremos inducirlos al cumplimiento de sus obligaciones, conviene ante todo que nunca olvidéis que hacéis las veces de padres de nuestros amados jóvenes, por quienes trabajé siempre con amor, por quienes estudié y ejercí el ministerio sacerdotal, y no sólo yo, sino toda la Congregación salesiana.

¡Cuántas veces, hijos míos, durante mi vida, ya bastante prolongada, he tenido ocasión de convencerme de esta gran verdad! Es más fácil enojarse que aguantar, amenazar al niño que persuadirlo; añadiré incluso que, para nuestra impaciencia y soberbia, resulta más cómodo castigar a los rebeldes que corregirlos, soportándolos con firmeza y suavidad a la vez.

Os recomiendo que imitéis la caridad que usaba Pablo con los neófitos, caridad que con frecuencia los llevaba a derramar lágrimas y a suplicar, cuando los encontraba poco dóciles y rebeldes a su amor.

Guardaos de que nadie pueda pensar que os dejáis llevar por los arranques de vuestro espíritu. Es difícil, al castigar, conservar la debida moderación, la cual es necesaria para que en nadie pueda surgir la duda de que obramos sólo para hacer prevalecer nuestra autoridad o para desahogar nuestro mal humor.

Miremos como a hijos a aquellos sobre los cuales debemos ejercer alguna autoridad. Pongámonos a su servicio, a imitación de Jesús, el cual vino para obedecer y no para mandar, y avergoncémonos de todo lo que pueda tener incluso apariencia de dominio; si algún dominio ejercemos sobre ellos, ha de ser para servirlos mejor.

Éste era el modo de obrar de Jesús con los apóstoles, ya que era paciente con ellos, a pesar de que eran ignorantes y rudos, e incluso poco fieles; también con los pecadores se comportaba con benignidad y con una amigable familiaridad, de tal modo que era motivo de admiración para unos, de escándalo para otros, pero también ocasión de que muchos concibieran la esperanza de alcanzar el perdón de Dios. Por esto nos mandó que fuésemos mansos y humildes de corazón.

Son hijos nuestros, y por esto, cuando corrijamos sus errores, hemos de deponer toda ira o, por lo menos, dominarla de tal manera como si la hubiéramos extinguido totalmente.

Mantengamos sereno nuestro espíritu, evitemos el desprecio en la mirada, las palabras hirientes; tengamos comprensión en el presente y esperanza en el futuro, como conviene a unos padres de verdad, que se preocupan sinceramente de la corrección y enmienda de sus hijos.

En los casos más graves, es mejor rogar a Dios con humildad que arrojar un torrente de palabras, ya que éstas ofenden a los que las escuchan, sin que sirvan de provecho alguno a los culpables.

RESPONSORIO    Mc 10, 13-14; Mt 18, 5

R. Le presentaban a Jesús unos niños para que les impusiera las manos; pero los discípulos trataban de apartarlos. Jesús, al verlo, les dijo: * «Dejad que los niños vengan a mí y no se lo estorbéis, porque el reino de Dios es de los que son como ellos.»
V. El que reciba a un niño como éstos en mi nombre a mí me recibe.
R. Dejad que los niños vengan a mí y no se lo estorbéis, porque el reino de Dios es de los que son como ellos.

ORACIÓN.

OREMOS,
Señor Dios nuestro, que has dado a la Iglesia, en el presbítero san Juan Bosco, un padre y un maestro de la juventud, concédenos que, movidos por un amor semejante al suyo, nos entreguemos a tu servicio, trabajando por la salvación de nuestros hermanos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.

R. Demos gracias a Dios.

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17:35


Presbítero y Fundador de la Sociedad Salesiana y del Instituto de las Hijas de María Auxiliadora

Martirologio Romano: Memoria de san Juan Bosco, presbítero, el cual, después de una niñez áspera, fue ordenado sacerdote y en la ciudad de Turín, en Italia, se dedicó con todas sus fuerzas a la formación de adolescentes. Fundó la Sociedad Salesiana y, con la ayuda de santa María Dominica Mazzarello, el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora, para enseñar oficios a la juventud e instruirles en la vida cristiana. Lleno de virtudes y méritos, voló al cielo en este día en la ciudad de Turín, en Italia (1888). 

Fecha de canonización: 1 de abril de 1934 por el Papa Pío XI.

Juan Melchor Bosco Occhiena más conocido como Don Bosco (en italiano Giovanni Melchiorre Bosco) (I Becchi, 16 de agosto de 1815 - Turín, 31 de enero de 1888) fue un sacerdote, educador y escritor italiano del siglo XIX. Fundó la Congregación Salesiana la Asociación de Salesianos Cooperadores, el Boletín Salesiano, el Oratorio Salesiano y el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora. Promovió la Asociación de Exalumnos Salesianos, el desarrollo de un moderno sistema pedagógico conocido como Sistema Preventivo para la formación de los niños y jóvenes y promovió la construcción de obras educativas al servicio de la juventud más necesitada, especialmente en Europa y América Latina. Fue uno de los sacerdotes más cercanos al pontificado de Pío IX y al mismo tiempo logró mantener la unidad de la Iglesia durante los duros años de la consolidación del Estado Italiano y los enfrentamientos entre éste y el Papa que ocasionó la pérdida de los llamados Estados Pontificios y el nacimiento de la Italia Unificada. Fue autor de numerosas obras, todas dirigidas a la educación juvenil y a la defensa de la fe católica, lo que lo destaca como uno de los principales promotores de la imprenta.

Su prestigio como sacerdote y como educador de los jóvenes necesitados o en riesgo, le valieron el respeto de las autoridades civiles y religiosas de su tiempo y de su país, así como una notable fama en el extranjero. Sus obras fueron requeridas directamente por jefes de estado y autoridades eclesiásticas de países como Ecuador, El Salvador, España, Francia, Inglaterra, Polonia, Palestina, Panamá, Argentina, Brasil, Uruguay, Chile, Colombia y Venezuela entre muchas otras. Si bien no pudo responder positivamente a las numerosas peticiones durante su vida, estas serían cumplidas más allá de lo esperado después de su muerte. Fue un visionario de su tiempo al punto de predecir acontecimientos que se darían a lo largo del siglo XX en lo referente a sus salesianos, a la Iglesia Católica y al mundo en general. 

Juan Bosco, conocido mundialmente como Don Bosco, fue declarado Santo por el Papa Pío XI el 1 de abril de 1934, a tan sólo 46 años después de su muerte en 1888 y le fue dado el título de «Padre, Maestro y Amigo de los Jóvenes»6 por el Papa Juan Pablo II. Poblaciones, provincias, parques, calles, teatros, museos, universidades y sobre todo colegios llevan su nombre. Está nominado al título de Doctor de la iglesia. La Familia Salesiana es uno de los grupos católicos más numerosos del mundo y existen obras de Don Bosco en 130 naciones.

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